DigitalEdición 27

Educar hoy: de la incertidumbre ante la complejidad a la personalización la incertidumbre y la complejidad de la personalización

Sumario

Es en la familia donde la persona aprende a serlo, en ella se observan los primeros modelos de conducta, se va conformando la autoimagen de sí mismo, se establecen y aprenden las normas, se viven los valores. La mejor educación consiste en una vida familiar alegre y armónica.

Educar hoy es algo especialmente complejo. Resulta difícil tanto para las familias como para las escuelas. La rapidez con la que se suceden los cambios en la sociedad demanda un compromiso común de familia y colegio. Ambas se encuentran frente a nuevas y variadas circunstancias originadas por las transformaciones del entorno que deben asumir si quieren llevar adelante su tarea educativa. Ser conscientes de ello es mejor que ignorarlo; nos llevará a ocuparnos en lugar de preocuparnos. Para facilitar una formación lograda, integral, en la sociedad actual, se propone la reflexión sobre la personalización educativa, ya que es en la familia donde cada persona es considerada única y se la quiere por lo que es.

El poeta libanés Khalil Gibran (1883-1931) en su libro El Profeta expone en el capítulo titulado Los hijos, la relación existente entre padres e hijos, señalando su papel en su educación:

Sus hijos no son suyos…
Vienen por ustedes pero no de ustedes, Y aunque están con ustedes, ustedes no los poseen. Pueden darles su amor pero no sus pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos…Ustedes pueden esforzarse por ser como ellos, pero no se esfuercen para que ellos sean como ustedes. Ustedes son los arcos de los cuales sus hijos como flechas vivas son enviados.

La familia es el lugar donde de manera natural se nace, se crece y se muere. Es la comunidad en la que la persona aprende a vivir. Es el único ámbito donde las personas son aceptadas por lo que son, no por lo que tienen o hacen, ya que es en la familia donde cada persona es única y querida por sí misma.

Es la institución socialmente más necesaria: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad” (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1948, art. 16).

Es la primera sociedad humana: expresión primera y fundamental de la naturaleza social del ser humano. Como sociedad humana tiene valor en sí misma y es una realidad natural.

Es una comunidad de vida y amor que enriquece a otras sociedades (pueblos, naciones, asociaciones…) y es la base de las culturas: tiene un contenido propio, original e insustituible en el desarrollo de la sociedad.

Parada (2010) afirma que “la familia es el epicentro educativo donde se forma la sociedad. Por lo tanto, la familia no debe ser violentada, maltratada ni esclavizada, ignorada por su color de piel, desterrada por sus orígenes o por principios religiosos” (pp. 19-20). La noción de familia permanece, a pesar de haber sufrido numerosas transformaciones a lo largo de la historia.

Es el carácter social de los seres humanos el que ha motivado su agrupación en diferentes colectivos a lo largo de la historia; la estructura de los agrupamientos ha evolucionado de acuerdo al tiempo y a las necesidades y modificaciones de la sociedad, hasta llegar a la familia. Es más, se puede afirmar con Cardona (2001) que “la persona se incorpora a la comunidad política desde la familia y por la familia y lo mismo vale respecto de cualquier otra organización asociativa” (p. 41), es la célula de la sociedad.

La familia manifiesta esta sociabilidad de la persona, la necesidad que tiene de los demás y de la sociedad tanto en las diferentes dimensiones que la configuran: física, cultural y moral como en su desarrollo más básico: higiene y alimentación. Esa necesidad de los demás en los primeros meses y años de infancia no la tiene ningún otro ser vivo, ya que, a diferencia del animal, no posee la seguridad de los instintos innatos.

Es el primer ámbito humano donde se forma el hombre interior: es el primer lugar donde la persona se afirma como tal –singular e irrepetible– y, para eso, necesita también el referente de los otros: la persona es y se hace, pero la misma condición de ser personal, la corporalidad, la intimidad, el autoconocimiento inacabado requiere de un igual que dé razón de su valor; solo encuentra su plenitud en el contacto con los otros y es ahí donde la familia juega un papel fundamental: como ya se dijo, cada uno es querido como es, por sí mismo y de manera gratuita.

Goleman (1996) afirma:

La vida familiar es la primera escuela de aprendizaje emocional, es el crisol doméstico en el que aprendemos a sentirnos a nosotros mismos y en donde aprendemos la forma en la que los demás reaccionan ante nuestros sentimientos; ahí es también donde aprendemos a pensar en nuestros sentimientos, en nuestras posibilidades de respuesta y en la forma de interpretar y expresar nuestras esperanzas y nuestros temores (p. 163).

Desde el punto de vista antropológico, es el espacio natural de crecimiento del ser humano, es el primer núcleo embrionario biológico, y también de dependencia y de relación –hay relaciones que solo se dan en la familia: paternidad, maternidad, fraternidad, filiación-, y es la primera forma de conocimiento y relación con los otros. En ella se configuran las primeras relaciones interpersonales que se establecen afectiva, emocional y racionalmente y donde encuentran respuesta: se es padre, madre, hijo y hermano. Relaciones que no se dan en otro ámbito de sociabilidad y marcan profundamente su desarrollo.

Sin la familia se corre el riesgo de la despersonalización y de la masificación; riesgo real, porque su tarea solo la puede realizar ella. No es solo necesidad de los otros: la persona tiende a darse, es un ser hecho para salir de sí: se busca a sí mismo en el obrar y se construye dándose en su acción: el amor, que preside, debe presidir, siempre la tarea del ser humano.

Cabe hacerse una pregunta: ¿Hay que educar al niño? ¿No es esto limitar su libertad? ¿Hay que educar mucho o poco? No son pocos los educadores que se han formulado esta cuestión, señal de que se trata de una pregunta crucial.

Basta mirar al ser humano cuando nace, para darse cuenta de su total indigencia: de la necesidad que tiene de los demás. Pero es curioso, en la Antigüedad no se dudaban de la necesidad de educar; es más, había una cierta identidad entre las palabras “educación”, “pedagogía” y “disciplina”: hacían referencia al aprendizaje de los alumnos, a la instrucción que debían recibir, y, en definitiva, al conjunto de conocimientos adquiridos mediante el estudio o la experiencia.

Por lo expuesto hasta aquí se puede afirmar que la familia es la primera escuela de sociabilidad, ámbito y lugar de aprendizaje de amor al prójimo, consideración, afabilidad, justicia, solidaridad, ámbito perfecto para la posibilidad de aprender el ejercicio del binomio libertad y obediencia, y también de aprender a obedecer y a mandar. Naval (2005) afirma que “la vida familiar puede contribuir eficazmente, sin precipitación y de una manera efectiva, a humanizar la sociedad, a crear sociedades más humanas, más personales, más participativas, en definitiva, una sociabilidad con arraigo, basada en el respeto profundo a la persona” (p. 162). Al ser el primer espacio de humanización y sociabilidad del hombre, forma personas capaces de servir a la sociedad.

Es la más importante comunidad de educación y formación (Rambla, 2002)

Una de las funciones más importantes de la familia es la educadora, como primer agente socializador de los hijos. Al sistema educativo oficial siempre se le ha pedido que aportara a los niños tres cosas: conocimientos, actitudes y valores; pero la verdadera función educativa ha residido siempre en la labor diaria de los padres, debido al comportamiento mimético de los hijos en el seno de la familia, de cualquiera de las maneras que la concibamos (p. 8).

Como el amor y el afecto son el principio vital de la familia, posee toda ella una fuerza educadora sin igual que constituye su personalidad y aquí está gran parte de su riqueza: todos los miembros de la familia constituyen esa comunidad de educación cada uno en su papel y en la continua relación todos se enriquecen: padres, hijos, hermanos, abuelos.

La mejor educación consiste en una vida familiar alegre y armónica: en la común alegría ante lo bello, en la mutua consideración llena de amor, en la fiel ayuda, en el común soportar la alegría y el dolor. En la familia, es donde la persona aprende a serlo, en ella se observan los primeros modelos de conducta, el niño va conformando la autoimagen de sí mismo, allí, según el estilo familiar, se establecen y aprenden las normas, se viven los valores que más adelante pondrá en práctica.

Es el hogar el lugar de diálogo, acogida cordial, de encuentro y disponibilidad desinteresada, de servicio y solidaridad. Es lugar de libertad y de donación, de amor: se aprende el bien común, la responsabilidad y la justicia: inicia al ser humano en la solidaridad y responsabilidad comunitaria. En la casa familiar es donde se aprende a dar, recibir, compartir, cooperar, escuchar, querer, ser querido, confiar, convivir, forjar el carácter, disfrutar de las pequeñas cosas, el valor del esfuerzo y la aceptación del sufrimiento, etc.

Si el fundamento de las relaciones familiares pasa por la lealtad, la generosidad, la verdad y la honestidad, por la comunicación entre sus miembros es entonces, ámbito de virtudes y valores, ya que fomenta disposiciones afectivas basadas en el amor, la libertad, la confianza, la responsabilidad y la solidaridad, y forma ciudadanos estables, libres, capaces de integrarse y darse, ejercer sus derechos y deberes y de mirar a los otros y preocuparse por ellos.

Los padres ante un mundo cambiante, incierto, sienten que la formación que ellos han recibido no les sirve para responder a las demandas de sus hijos. Se encuentran en situaciones nuevas sin saber qué pautas educativas darán resultado. Están desorientados e inseguros.

En la misma situación se encuentra el profesorado. La necesidad de innovar para lograr la implicación de sus alumnos en el proceso de aprendizaje trae de cabeza a los docentes. Quieren que sus alumnos aprendan, interioricen las habilidades y destrezas que les abrirán nuevos ámbitos de conocimiento, pero sienten que fracasan en su objetivo. ¿Por dónde se empieza? ¿Existen límites a la hora de educar? ¿Unos padres pueden hacer con sus hijos lo que quieran? Probablemente, el primer deber ético en la educación, tanto si se habla del hijo como del alumno, es tener en cuenta que se trata de una persona, y por lo tanto dotado de una dignidad que nunca puede ser atropellada.

¿Basta con la mera convivencia con los hijos para que estos se eduquen? ¿Es suficiente con el “ordena”, “di la verdad”, “respeta a tu hermano”, “estate quieto”; “deja eso”, etc.? ¿O con elegir un buen colegio y llevarlos a actividades extraescolares? Es verdad que la mera convivencia de los padres con los hijos transmite a estos una serie de valores, simplemente porque ellos los viven, sin más. Pero también es cierto que la educación gana en eficacia, se hace más intencional; si los padres se paran a pensar: ¿Qué queremos para este hijo? ¿Cómo podemos ayudarle a madurar y a ser feliz? ¿Cómo nos gustaría que fuera su comportamiento, su aportación a la sociedad, su amor a los demás?

Familia y educación personalizada: formar para toda la vida

Padres y educadores tienen ante sí un reto y la necesidad de prepararse convenientemente para conseguirlo. Innovar en educación supone dar al hijo, al alumno, las herramientas para que puedan formular y llevar a cabo su proyecto personal de vida, para que puedan desarrollar sus capacidades y crecer.

La educación personalizada se ejerce de modo prioritario en la familia porque es donde se aprende quiénes somos (Altarejos y Rodríguez, 2004). Cada hijo es querido y tratado como único, aprendiendo que es un don fruto del amor de los padres. La importancia de la familia radica en que es el ámbito en el que cada hijo aprende a dar porque es el primer lugar donde se acepta lo que hacemos y se nos acepta como personas. El hijo entiende lo que es la estructura donal porque “lo primero que se advierte en la institución familiar es que es un ámbito en el que se acepta acogiendo y se acoge aceptando” (Rodríguez y Vargas, 2013, p. 59). También se aprende a saber buscar bien y a saber buscar el bien, ya que lo que se enseña se propone (Altarejos, Bernar, Rodríguez, 2005). Asimismo, se aprende la diferencia entre querer y amar, en el querer está el yo, pero no necesariamente la persona. Se quiere algo, el bien, que es el objeto de la voluntad, pero se ama a alguien, una persona (Rodríguez y Vargas, 2013).

Sin embargo, esto requiere que en la familia se ejerza una verdadera educación personalizada. Lo apuntado precisa conocer qué es lo que los padres entienden por educación personalizada. Se subraya que es la familia el principal ámbito de personalización, donde cada quien es aceptado como persona, donde se aprende a amar que es lo característico de la persona. Esto justifica el relevante papel de la familia en el proceso de personalización educativa. Sin embargo, es preciso determinar hasta qué punto son conscientes de cuál es su tarea en este proceso y cómo pueden realizar una educación personalizada con cada uno de sus hijos.

Proceso en el que conviene comprobar si hay intencionalidad educativa: si los hijos sienten que se confía en ellos, se les enseña a pensar, a reflexionar, se dialoga, se les comprende, se dan espacios para la toma de decisiones, se les alienta en las dificultades, se ayuda a poner el corazón al hacer las cosas, se tienen detalles entre los padres y los hermanos, se saben acompañados y queridos por los demás, se les enfrenta a su propia responsabilidad (Alcázar y Javaloyes, 2015).

La familia es el lugar principal en el que se plasma verdaderamente la personalización educativa. El entorno familiar es vital para la personalización porque es en ella donde se aprende a abrirse a los demás en un ámbito de confianza. Es en ella donde la singularidad de cada uno se aprecia, se potencia y se ve su aportación, su creatividad, su originalidad, como un enriquecimiento para los demás hermanos y para los padres. Es ahí donde se lleva a cabo la auténtica atención a la diversidad: se aman a todos y a cada uno por él mismo.

Siguiendo de nuevo a Goleman (1996), podemos afirmar que,

aunque algunas de las habilidades emocionales terminen de establecerse en las relaciones con los amigos, los padres emocionalmente diestros pueden hacer mucho para que sus hijos asimilen los elementos fundamentales de la inteligencia emocional: aprender a reconocer, canalizar y dominar sus propios sentimientos y empatizar y manejar los sentimientos que aparecen en sus relaciones con los demás (p. 165).

Ese dar en que reside la educación implica que los educadores crecen y mejoran con esa acción porque “no solo educan los padres, sino que estos crecen y mejoran por la influencia formativa de los hijos” (Altarejos, Bernar, Rodríguez, 2005, p. 180), en ese recíproco dar y recibir. El zorro, ante la pregunta de El Principito por el significado de domesticar, le explica que domesticar es “crear lazos”, “si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro”; y la frase con la que concluye el diálogo entre ellos: “eres responsable para siempre de lo que has domesticado” sirve para expresar que la tarea educativa no concluye nunca.

La escuela se presenta también como ámbito de personalización de la enseñanza, ya que es la cátedra por excelencia. El objetivo principal de las escuelas, según Gilbert et al. (2006) debe ser la personalización de la enseñanza y del aprendizaje. Sin embargo, esto es insuficiente porque educar es más que enseñar. El aprendizaje personalizado permite que la educación sea “a medida” y facilite al estudiante llegar al más alto nivel posible en su desarrollo integral. La meta de los educadores es hacer que esas conductas sean generalizables y para ello se observa la necesidad de buscar unos baremos que indiquen las características de la educación, de la enseñanza y del aprendizaje que allí se imparte. Habría que resaltar que el baremo de la evaluación personalizada lo dan los propios alumnos cuando dirigen su propio aprendizaje porque se les han presentado las posibilidades para ejercer su libertad y poder delinear su proyecto, acompañado por el profesor. Este planteamiento puede trasladarse al ámbito familiar. El baremo lo dan los hijos cuando toman decisiones que les mejoran como personas y con libertad eligen lo que quieren para su vida, porque han sido educados en un ambiente de confianza, cariño y exigencia.

La personalización es “tratar a cada quien como persona, lo que conlleva respetar la diferenciación de las mismas y, justamente por eso, habrá que ayudarlas a crecer con estrategias y técnicas personales, no generalizadas” (Ahedo, 2013, p. 370). Sin duda, hoy el término “personalizado” es utilizado en diversos ámbitos de la vida como el del marketing, el mundo del diseño, del automóvil, etc.; y también es una aspiración común personalizar la educación en los sistemas educativos de muchos países.

En este sentido, es habitual leer y escuchar la importancia de “personalizar el aprendizaje” y, consecuentemente, “personalizar la enseñanza”. Al respecto, Tourón (2015) afirma que

el futuro de la personalización incorporará mejores medidas de las dimensiones no-cognitivas, así como las dimensiones cognitivas del aprendizaje, construidas sobre la base de los intereses y las preferencias de los estudiantes como medio para aumentar el compromiso y la persistencia, el aprendizaje y el desarrollo de los hábitos de la mente que apoyen un aprendizaje más eficaz a largo plazo (p. 2).

En definitiva, un modo de educar al estudiante que ayude a: aprender a aprender, aprender a pensar y aprender a vivir como personas.

La finalidad de la educación personalizada va más allá de la adquisición de conocimientos, no se pretende solo que los alumnos aprendan los contenidos previstos de las distintas materias del currículum, sino, utilizando las palabras que don Tomás Alvira solía emplear con los futuros maestros: se trata de “ayudarles a crecer”, acompañarlos para que crezcan como personas, teniendo como objetivo principal el desarrollo de todas sus potencialidades, características y condiciones. En este sentido, González-Simancas (2006) destaca que “lo esencial en educación es la persona en sí, y no tanto su función; que importa su ser más que su hacer” (p. 114).

Siguiendo a García, Gomáriz, Hernández y Parra (2010), podemos decir que la relación colaborativa que debe existir entre la familia y el centro educativo en el que cursan estudios los hijos, es un hecho hoy en día indiscutible en la comunidad científica y en la sociedad. La educación tiene el desafío de aproximar estas dos instituciones educativas por excelencia, de modo que elaborar de forma conjunta un proyecto educativo común orientado a una formación integral (García et al., 2010). Dicho de otro modo, hay que tener siempre presente que la educación es un proceso amplio que se inicia en la familia y luego se continúa con la escuela, y se necesita de ambas instituciones para conseguir un total desarrollo educativo y como persona del niño (Rodrigo y Palacios, 1998).

Dado que los principales mediadores en la educación de los escolares son los padres –junto con los profesores–, se puede afirmar que el lugar principal en el que se plasma verdaderamente la personalización educativa es el entorno familiar, al atender a la singularidad de cada hijo. Aunque se puede constatar que no en todas las familias se da ese ambiente educativo positivo. Sin embargo, se precisa aclarar que la evidente asociación entre la experiencia de la vida familiar en la infancia y la valoración de la vida en general, como ya señaló García Hoz (1980), “es un elemento condicionante que no quita la posibilidad, aunque sea remota, de que tras una infancia desgraciada se llegue a valorar la vida en su sentido más positivo” (p. 729), y recíprocamente, tras una infancia feliz, se valore la vida como una cosa más bien triste. Catret (2007) en su libro Infancia y resiliencia explica cómo las personas son capaces de transformar vivencias dolorosas cuando se esfuerzan por comprender esas situaciones. Esto es indicativo de que lo vivido en la edad infantil no condiciona la vida futura ni ahoga la libertad del ser humano.

Hoy nos encontramos con padres que están preocupados y que quieren educar a sus hijos bien. Sin embargo, se encuentran con dificultades porque no saben concretar lo que realmente buscan en la educación, o no saben aprovechar los medios en función de estos fines, o no saben enfrentarse con las influencias negativas del entorno y aprovechar las positivas, o que no encuentran el apoyo en otros padres de familia para favorecer su empeño.

El profesor Alcázar (2010) expone con acierto la situación generada por los cambios del mundo actual:

Vivimos en un tiempo sometido a proceso de cambio acelerado que nos ha permitido asistir, en el decurso de una sola generación, al nacimiento de una nueva época que presenta dos notas aparentemente contrapuestas: un impresionante adelanto tecnológico aplicado a la vida diaria, que supone un triunfo de la inteligencia humana sin parangón en la historia, junto a un empobrecimiento general de los valores que fundamentan la dignidad del hombre.

En relación con la familia, se constata que se ha producido una progresiva pérdida de conciencia sobre su función insustituible como primera educadora de los hijos (p. 2).

Siendo el trabajo profesional uno de los pilares del ser humano, hoy es frecuente que el trabajo ocupe una gran parte de la vida personal, con horarios muy amplios y grandes preocupaciones por mantenerlo, impidiendo en ocasiones la dedicación efectiva de los padres a la educación de sus hijos por falta de tiempo.

Unida a esta presencia menor de los padres en la casa, se da la influencia negativa de modelos presentados en las series, películas y programas televisivos, contrarios a la dignidad de la persona, al matrimonio, a la lealtad y a la familia como fuente de seguridad para los padres y para los hijos, y se presentan valores de una sociedad “liberada” sin las ataduras y miedos de tiempos pasados.

Altarejos y Rodríguez (2004), afirman que

estamos en condiciones de afirmar que lo que hacen y viven niños y niñas fuera de la familia tiene una enorme importancia educativa; de ahí la necesidad de continuidad y correspondencia en los procesos educativos y, de forma muy especial, entre familia y escuela (p. 105).

En esta misma línea, son significativas las palabras de Cardona (2001) en su Ética del quehacer educativo, cuando escribe: “me parece que orienta bastante la misión educativa del centro docente, y de su profesorado, decir que entran de alguna manera en el ámbito familiar, y que el colegio, en cierto modo, es una extensión del ámbito familia” (p. 44).

Todos los aspectos de la educación de sus hijos son responsabilidad de los padres. Por lo que se incluye “también su aprendizaje, en cuanto esta actividad es un medio fundamental para la formación de la inteligencia y la voluntad, de la persona. La escuela es complemento educativo de la familia, nunca sustituto” (Alcázar, 2010, p. 4).

Aunque pueda resultar extraño, la tarea principal de un colegio es ayudar a las familias para que puedan ser de hecho lo que les corresponde por derecho: los primeros y principales educadores de sus hijos. Son los padres quienes han de proponer las metas educativas, quienes trazan las líneas maestras de un auténtico proyecto educativo personal: ¿Qué quiero para mi hijo? Queremos que sea feliz, que llegue a ser la mejor versión de sí mismo. ¿Cómo lo quiero educar? De entrada, implicándonos más, y una forma es con la participación activa en el colegio de los hijos.

Según Pérez Téstor (2002), la relación entre familia y escuela debe asentarse sobre tres principios: El conocimiento mutuo de la acción educativa de padres y profesores; la confianza entre ambos; y la cooperación e implicación.

La escuela se configura como tejido de continuidad del núcleo primario, al integrarse en el barrio y el entorno. Al mismo tiempo, deberá aumentarse la implicación familiar en relación con la escuela, no solo formalizada por la participación activa de los padres en el seno de las instituciones educativas, sino también por la acción sociocultural conjunta. (p. 283).

El lugar esencial que ocupa la familia en la educación es una realidad defendida de modo especial desde finales del siglo XX. Sirva como ejemplo, la siguiente afirmación de los delegados de una veintena de países tras una reunión de trabajo del Consejo de Europa en Bonn en 1977: “La familia sigue siendo insustituible; el Estado debe ayudarla más para que pueda cumplir su labor educadora con sus hijos” (Parada, 2010, p. 29).

Finalizamos con unas palabras del profesor Viladrich (1998):

Al considerar los nexos entre familia y educación, es fundamental tomar conciencia que la misma familia, en su arquitectura y articulaciones, es educación en su estado químicamente puro. No hay en ninguna sociedad otra realidad educativa con un poder de efectos tan penetrantes, amplios y duraderos que la familia en el educando. En la familia no hay profesores ni discípulos, todo miembro educa y es educado mediante un escenario de articulaciones recíprocas (p. 12).

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Rosa María Peris Sirvent

Doctora en Ciencias de la Educación (ceu-Cardenal Herrera). Imparte Educación Personalizada en la universidad tras haber trabajado como directiva y asesora de centros educativos durante más de veinte años.

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