Edición 28Editorial

Sé el cambio que quieres ver

El fin último de la educación es contribuir al pleno desarrollo integral de la persona y, para ello, hemos de contemplar, tanto el plano cognitivo, como el emocional. La educación emocional, movimiento de innovación educativa impulsado desde el ámbito de la inteligencia emocional, parte del reconocimiento de que el propio proceso de enseñanza-aprendizaje en la escuela tiene, además de los académicos, fuertes componentes emocionales y sociales: los estudiantes no aprenden solos, sino que lo hacen en un contexto, con un profesor, en compañía de sus compañeros y apoyados por sus familias. Este campo de investigación ha venido consolidándose en los últimos veinte años y hay ya multitud de evidencias que ponen de manifiesto la idoneidad de darle un mayor protagonismo a las emociones, llevando a cabo programas educativos que desarrollen las competencias emocionales y sociales de alumnos, profesores y familias, con el fin de favorecer el crecimiento, tanto académico, como personal de todas las personas involucradas: la aplicación de programas socioemocionales en las escuelas no sólo contribuye a mejorar el aprendizaje, el bienestar de los alumnos y su rendimiento escolar, sino que también previene problemas de comportamiento y de salud mental (Elias, Tobias y Friedlander, 2001; Greenberg et al., 2003). Por el contrario, la falta de competencias en el ámbito socioemocional puede conducir a una variedad de dificultades personales, sociales y académicas. En este mundo cambiante, es por lo tanto fundamental que nuestros estudiantes desarrollen competencias emocionales y sociales como respuesta eficiente a las nuevas necesidades de una sociedad cada vez más compleja.

Dado que la competencia emocional influye en todos los ámbitos de la conducta, trabajar las emociones en la escuela, que nuestros estudiantes sean conscientes de qué significan las emociones, los sentimientos, los estados de ánimos, los valores… ha de ser parte del proceso educativo continuo y permanente, que acompañe al individuo a lo largo de toda la vida, iniciándose en la educación infantil y prosiguiéndose en la etapa adulta. Dentro del actual marco de enseñanza, basado en un aprendizaje significativo y funcional a partir del trabajo por competencias, cobra especial protagonismo la dimensión emocional, puesto que subyace al desarrollo de todas las variables educativas y socioculturales contenidas en dichas competencias y se convierte, así, en otra pieza clave de la formación integral del estudiante, al servicio de su incorporación a la vida adulta y laboral, de sus objetivos y metas, y de su bienestar.

“La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Paulo Freire

Conscientes del impacto de una adecuada gestión de las emociones y de que las competencias o habilidades socioemocionales no se adquieren a través de un proceso de enseñanza-aprendizaje tradicional, en el que el profesor le dice al estudiante en qué consisten dichas competencias y él las memoriza y aprende («La enseñanza de estas habilidades depende de forma prioritaria de la práctica, el entrenamiento y su perfeccionamiento y no tanto de la instrucción verbal. Lo esencial es ejercitar y practicar las habilidades emocionales y convertirlas en una respuesta adaptativa más del repertorio natural de la persona», Fernández Berrocal y Ruiz Aranda, 2008), desde Santillana hemos lanzado diferentes propuestas que ayudan y apoyan la incorporación de la educación emocional en la escuela. Tal es el caso del programa Aprender a Ser, que los alumnos abordarán como un proyecto de crecimiento personal, trabajando sobre su educación emocional de una forma experiencial, progresiva y contextualizada. En el caso de Aprender a Ser, la esencia de dichas competencias queda recogida en los cuatro bloques de contenido en los que se articula el programa: el autoconocimiento, la gestión emocional, la empatía o inteligencia social.

En definitiva, podemos decir que las competencias emocionales son un aspecto importante del desarrollo humano y, por lo tanto, deben estar presentes en la práctica educativa. El resultado de todo ello es la mejora de la convivencia, el rendimiento y el bienestar. RM

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Miguel Barrero

Director General Investigación Y Desarrollo Grupo Santillana. @mbarrerom

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