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Estrategias para vetustos que educan centennials

Lo lamento: ¡su perfume es el formol!

Si usted apreciado lector trabaja como profesor o director de escuela, debo informarle que hace parte de mi club: es un vetusto o una vetusta. Es una pieza arqueológica viviente. Usted es un fósil de homínido. Seguro consume calcio para fortificar esos huesos crujientes. Fijo, fijo se queja porque no puede pegar el ojo en la noche y además ve el noticiero del mediodía.

No importa que tenga 25 años y sea el más joven y atlético de los maestros o la más chica y guapa de las profesoras, también califica en el club de los vetustos. Y la razón es simple: ningún centennials, es decir, ningún niño o niña nacido en el siglo XXI, ejerce la docencia. Al día de hoy los centennials más grandecitos estrenaron la cédula de ciudadanía durante este año.

Se lo dije, ¡usted es de los míos! Los profes y todos los que trabajamos en educación fuimos fabricados literalmente en el siglo pasado. ¡Vetustos club member!

—Me gusta la música del siglo pasado.

Esa frase es de un centennial. La dijo para referirse a bandas de rock como Metallica, Blur y U2. ¿Dónde ubicará en su imaginario a Los Panchos, Los Pasteles Verdes o Pimpinela?

Pero ser vetusto no es malo, realmente somos un grupo de superhéroes con un desafío histórico entre manos.

Los del siglo pasado tenemos el desafío de educar a una generación de niños y niñas en una era llena de oportunidades y desafíos. Una época sobre la que también se cierne la desesperanza por los imaginarios apocalípticos donde reinan las guerras, la devastación ambiental y la eminente extinción humana. Pero que nosotros los vetustos no aceptamos y en su lugar vemos un momento histórico determinante para avanzar hacia un mundo más sostenible y hermanado.

Así que mi apreciado carcamal, maestra vintage y directivo catanito, los invito para que veamos cómo podemos hacerle frente al desafío.

Las estrategias

Voy a centrarme en diez estrategias clave para impulsar la educación de los centennials. Tres de ellas surgen de mis reflexiones acompañando escuelas y las restantes están inspiradas en los estándares para educadores de la Sociedad Internacional para la Tecnología en la Educación (ISTE, 2016)

Número uno, piense de manera prospectiva

Durante los dos últimos años mis chocheras se incrementaron exponencialmente, especialmente la de repetir incesantemente que debemos pensar la escuela en prospectiva. No digo que vivamos en el futuro descuidando nuestro presente o el pasado, pero considero que un educador de centennials tiene que ubicar sus decisiones hacia delante.

Por ejemplo, un educador de preescolar de la actualidad, de 2018, debe pensar que está educando a los adultos de 2035 y, con el incremento continuo de la longevidad, incluso a los adultos mayores del siglo XXI.

Educar en prospectiva va más allá de pensar el contenido curricular de las áreas, demanda un mapeo curricular que atiende los planes de desarrollo local y nacional, que se cuestiona por los objetivos del desarrollo sostenible (ONU, 2016) y las prospectivas, el futuro que se fragua día a día, a nivel político, económico, social, tecnológico, ambiental y legal.

Siempre que esté con los chicos piense: ¿esto lo deben aprender para mi época o para los desafíos de nuestro presente y su futuro?

Número dos, tranquilo que Google (Google, s. f.) tiene la respuesta

Los del siglo pasado, especialmente los que tenemos más kilometraje, teníamos claro que la fuente primaria para resolver cualquier interrogante eran el profesor o la biblioteca del barrio. Pero los centennials fluyen diferente, porque saben que pueden resolver sus dudas preguntándole al teléfono móvil.

Sin embargo, OK Google (Google, 2017) tiene la capacidad para contestar preguntas como, por ejemplo, ¿cuál es la raíz cuadrada de…? (el número que se le ocurra, pero no puede contestar con la misma certeza cuestionamientos como: ¿De qué forma podríamos aprovechar las áreas de interés ambiental de Colombia para superar la dependencia al modelo económico extractivo?

El educador de centennials debe autorreconocerse
como alguien que aprende continuamente, no como una biblioteca caminante. El maestro y directivo docente de estos chicos sabe que su formación no termina en el pregrado o la maestría, está comprometido con el estudio sesudo y continuo, acompasado con la reflexión sobre la efectividad de sus prácticas pedagógicas.

No es un Llanero Solitario, sabe que otros profesionales pueden aportarle conocimiento y experiencia. Así que activamente participa en las redes de aprendizaje virtual, tanto local, como nacional e internacional, para mantenerse actualizado sobre nuevos descubrimientos, hallazgos en la ciencia del aprendizaje y la evolución constante de los procesos sociales.

Número tres, debe inspirarlos para ganarse su respeto

Empecé mi carrera muy joven y mis primeros estudiantes eran casi contemporáneos. Para ganarme su respeto decidí asumir el rol del dictador clásico tipo caudillo de las repúblicas bananeras, así que empecé a vestirme con zapatos mocasines, suéter de cachemir y camisa a rayas, acompasado con la voz adusta y el uso exclusivo del primer apellido para referirme a mis estudiantes.

Hoy sería material para memes de los centennials, porque estos niños no le temen al coco, los únicos cocos que conocen son el fruto de la palma o la película de Disney (2017).

Los centennials respetan otro tipo de autoridades: las que inspiran. En una era donde los CEO de las grandes corporaciones trabajan en chancla y camiseta, se necesitan educadores empoderados que inspiren la curiosidad y el deseo de entender y transformar el mundo. Enseñar implica conectar bajo una visión compartida que involucra múltiples escenarios y actores educativos variados, incluso más allá de los espacios físicos.

El educador de los centennials abre las puertas del aula y coopera con sus colegas para identificar puntos en común en el saber, explorar otras posibilidades, curar contenido y utilizar la tecnología de forma inteligente para expandir el conocimiento. Inspira a sus estudiantes con su infinita necesidad de saber para que colaborativamente construyan formas divergentes de comprender la realidad.

Cuarta, conviértase en un emprendedor tras la búsqueda de grandes propósitos

Para los del siglo pasado bastaba con un —porque sí, porque le toca, porque Yo lo digo. ¿Para qué aprendíamos esto o aquello? No era preciso decir para qué, solo bastaba con decir que se tenía que aprender y sería evaluado en el examen.

Los centennials saben que reprobar un examen no es el fin del mundo, pueden repetirlo o cambiarlo por otra forma de evaluación. Saben que existen los planes de refuerzo y superación y que cada vez son menos comunes los procesos pedagógicos que involucran el cinturón o la chancleta como medio para superar el fracaso escolar.

Es determinante moverlos del rol pasivo de aprendices al de cooperantes y emprendedores. Es necesario crear grandes propósitos que involucren a los estudiantes para contribuir positivamente en la transformación de los desafíos del entorno y motivarlos para que participen como corresponsables en la construcción de comunidad. Puede que sea en el plano meramente discursivo, pero deben sentir que están salvando a la humanidad.

Para esto es fundamental que el maestro y los centennials se reconozcan como ciudadanos del mundo, ciudadanos de la era digital. Aprendientes que forjan interacciones reales o virtuales para generar comunidades de aprendizaje. Grupos que, salva guardando el respeto por la propiedad intelectual, utilizan la información para comprender y transformar los desafíos del mundo real.

Quinta estrategia, hay que enriquecer el rol de instructor con el de colaborador

Poco creo en el cuento de los nativos digitales (Prensky, 2006) que aprenden a utilizar la tecnología por una suerte de evolución neuronal. Hasta donde conozco y que me corrijan los neurólogos, pero el cerebro humano es el mismo hace varios siglos. Lo real es que ahora entran en contacto con la tecnología incluso antes de nacer y la tecnología es tan intuitiva y amigable, que no se requieren grandes conocimientos para su operación.

Los centennials necesitan un docente que en momentos actúe como instructor. Que llame su atención, los inspire y les muestre cómo podrían resolver ciertas cosas con habilidades que solo se pueden aprender de humano a humano. Bueno, sino quiere a la antigua, necesita un educador que por lo menos genere las preguntas para que un profesor de silicio en forma de avatar o video de YouTube (Google, s. f.) le señale cómo lo podría hacer.

Pero ojo, atentos, ahí radica una de las diferencias fundamentales entre nosotros, los del siglo pasado, y los centennials: para nosotros bastaba con observar la instrucción. Estos chicos son del mundo del hacer, del experimentar, así que es determinante que el maestro colabore y en conjunto con los chicos descubran y utilicen diferentes métodos para solucionar las situaciones que nos desafían cotidianamente.

El maestro como colaborador diseña experiencias de aprendizajes reales o virtuales para que sus estudiantes participen de forma auténtica en la resolución de problemas. En esos espacios el maestro se convierte en un co-colaborador que aprende con ellos y los demás docentes en colegas que aportan con sus saberes y experiencias a la solución de los interrogantes comunes.

Sexta, si ningún estudiante es igual a otro, por qué tenemos que enseñarles lo mismo

El mismo uniforme, el mismo horario, el mismo contenido, todo igual y estandarizado. La novedad y lo desigual no era lo propio del siglo pasado. Lo diferente era bizarro, algo que tenía que ser reencausado. Lo personalizado era extraño, algo tan específico e imposible de masificar que simplemente era descartado. Lo mismo para todos, esa era la consigna.

Pero los centennials son diversos. Mire sus teléfonos móviles, prácticamente el mismo hardware y software, pero de alguna manera los hacen únicos y particulares, le cambian el color del estuche del celular, colocan fotos de portada diferentes, tonos de llamada particulares. El mismo sistema, pero diferentes formas de experimentarlo.

El maestro de los centennials debe tener eso muy claro: es el mismo contenido, pero son diversas las formas de experimentarlo. Con el apoyo de la tecnología, es determinante crear, adaptar y personalizar las experiencias de aprendizaje para que haya cabida a las diferencias y las necesidades de los niños y niñas centennials.

No se trata de la cantidad de conocimiento, sino de la profundidad que necesitan para alinear el conocimiento con sus propios intereses, los ritmos de asimilación y los estilos de aprendizaje. Es preciso innovar las experiencias para que los chicos se involucren en el aprendizaje y desde la variabilidad encuentren formas de acomodar y transformar el mundo con su saber.

Séptima, “do it yourself” (Hágalo usted mismo)

En el siglo XXI el “Hágalo usted mismo” es una consigna. No necesita que un carpintero experto consTruya los muebles, solo compre una caja llena de piezas de madera e instrucciones, sígalas y ya está, tarán: tiene un escritorio hecho por usted. En lugar de ir hasta el banco, baje una aplicación y realice las transacciones desde el teléfono; no vaya hasta un hotel cuando viaja, reserve un apartamento en Internet; no maneje carro, pídalo desde el móvil.

El educador de centennials fomenta una cultura de aprendizaje donde sus estudiantes fijan sus propios objetivos y resultados, tanto como individuos como colectivos. Claro, hay unos mínimos innegociables, pero esos mínimos son la savia que engendra nuevos saberes y experiencias de conocimiento

Para esto es determinante la gestión de la tecnología como un recurso para el pensamiento, que va más allá del mero uso del videobeam como la actualización del tablero sintético y el marcador, que a su vez fue la actualización de la madera y la tiza de cal. Solo hemos sofisticado el recurso, pero no hemos cambiado realmente el proceso educativo.

Sería interesante que el maestro nutra la creatividad de sus estudiantes planteando ideas novedosas, conexiones irreverentes entre los saberes y los desafíos, sobre todo eso, desafíos que los estudiantes puedan utilizar como fuente de inspiración para emplear la tecnología con un sentido cognitivo y metacognitivo.

Octava, no coma cuento, coma datos

Si usted, como yo, es padre de familia o es el tío chévere, averigüe qué dicen ahora los pediatras sobre la fiebre. La sabiduría popular reza que era preciso bañar al crío con agua helada para bajar la fiebre, pero ahora los estudios dicen que no, que no es verdad, los datos muestran que es mejor tolerar cierto estado febril para acelerar la recuperación y si acaso controlarla con duchas tibias.

Para educar centennials es necesario utilizar la información científica en educación y neurociencias y los datos que generan los estudiantes para evaluar el efecto del aprendizaje y tomar decisiones más eficaces en materia de currículo, pedagogía y progreso de los chicos.

En lugar de evaluar solo con test memorísticos, se podrían crear diversas formas de demostrar las competencias. Sería muy adecuado que los estudiantes utilicen la tecnología para mostrar las evidencias de sus aprendizajes, así como las reflexiones antes, durante y después de participar en la experiencia didáctica. Datos que ponen en evidencia la transformación que experimenta el estudiante durante su trabajo de clase.

Podríamos sustituir los exámenes largos que demandan días de trabajo corrigiendo y calificando, por sistemas tecnológicos que en pocos minutos nos brinden una radiografía clara y precisa, con datos verosímiles que permitan decidir si ya se lograron los resultados esperados o es preciso emprender acciones de refuerzo o sustitución.

Novena, la ética, la ciudadanía y la afectividad aún están de moda

Hace poco tuve la oportunidad de ver en vivo y en directo el código de Hammurabi. Entre tantas cosas hubo una que llamó mi atención, decía algo como: si un arquitecto construye una casa que se desploma sobre sus ocupantes y les causa la muerte, lo condenarán a lo mismo.

La norma data del 1200 antes de Cristo y ya entonces los constructores contaban con un código de construcción y un referente social para advertir sobre la responsabilidad de su trabajo. Claro, hoy no tenemos pena de muerte por ese tipo de omisiones, sino imaginen la suerte del constructor del trágico edificio Space que se derrumbó en Medellín en 2013 o el que construyó el puente Chirajara que se desplomó en Guayabetal en 2018.

El punto es que desde siempre la humanidad ha tenido los mismos dilemas éticos y que aunque estemos frente a una gran transformación, lo que nos hace esencialmente humanos, nuestra naturaleza emocional, nuestra naturaleza social y comunitaria, siguen estando ahí. Podemos erigir las peque- ñas casas de Mesopotamia o las grandes obras de ingeniería modernas, pero siempre ha estado el sentido de la responsabilidad y el cuidado del otro.

Así que aunque parece que el centennial ama más a su gato que al prójimo, realmente no es así: es una mera apariencia. Desde la esencia de ese ser humano el educador debe conectarse con su emotividad para desde ahí encontrar los puntos sobre los cuales tejer sus interacciones y construir.

De hecho estos niños y niñas son más sensibles a los temas sociales, a las desigualdades, a la naturaleza, por moda o por lo que sea, pero se conectan mejor con ideales diferentes al progreso a ultranza que nos vendieron durante el siglo pasado. Así que ahí tenemos una tierra fértil para afianzar la conciencia sobre la sostenibilidad, sobre la redistribución equitativa de los recursos públicos y el sentido del cuidado propio, comunitario y ambiental.

Décima y última estrategia, especialmente para directivos, confíen en el progreso

La última no es para los maestros que educan a los centennials, es para los directivos docentes que acompañan a los primeros.

Ocurren cosas muy curiosas. A veces hay un exceso de confianza en la juventud y entonces entre más cerca esté la fecha del nacimiento del maestro al siglo XXI, mejor educador será: sangre nueva, fuerza nueva. Pues esto no es del todo cierto. Muchos maestros son próximos a la cultura de los chicos, pero no por esto utilizan prácticas pedagógicas pertinentes para educar centennials.

Al otro extremo. Hay una confianza absoluta en los éxitos del pasado y los docentes más veteranos, los que tienen mejor dominio de grupo, resultan ser los mejores para llevar a cabo la tarea. Pues tampoco hay garantía alguna, de hecho a muchos de estos maestros les cuesta más flexibilizar el pensamiento y expandir la conexión entre saberes.

El punto intermedio. Es preciso encontrar un sano punto de equilibrio donde los maestros puedan trabajar de manera cooperativa para que encuentren esos puntos de conexión curricular. En lugar de armar mallas curriculares aisladas, por grados y asignaturas, es mejor invitarlos a encontrar puntos de conexión desde las habilidades que necesitan los niños para nuestro presente y su futuro. De hecho haga todo lo posible para que los maestros vayan al aula en parejas, no solitos, y así pueden generar interacciones diferentes. Quite el escritorio del profesor e invítelos para que tomen una silla junto a sus estudiantes, a sus colaboradores de la comunidad de aprendizaje.

Tenga fe en el progreso, confíe en que podemos encontrar rutas no para mejorar la escuela, ese no es el objetivo, sino para transformarla, queremos ponerla patas arriba, para situar entre signos de interrogación todo lo que hemos dado por sentado durante tanto tiempo. Así que es preciso lidiar con algo de incertidumbre, un tanto de resistencia, un poco de estrés y es determinante abrirse a la posibilidad de encontrar vías de inspiración para movilizar la educación que requieren nuestros amados centennials.

Colega vetusto, quiero terminar de manera majestuosa este texto y como eso no es lo mío, no tengo nada de solemne, tampoco escribo textos perennes, voy a pedirle al señor Walt Whitman que cierre esta reflexión con un fragmento de su inmortal “No te detengas”:

“(…) Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron,
de nuestros poetas muertos,
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros:
los poetas vivos”.
(Whitman, 1892, en Internet)

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Carlos Andrés Peñas

Doctor honoris causa en Ministerio de Educación de Panamá, magíster en Gestión Educativa, maestrante en Diseño de Proyectos Educativos en Universidad de la Sabana.

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