Aplicaciones de áreaEdición 12

La evaluación en el aprendizaje inicial de la lectura y la escritura

En la década de 1980, Colombia importó una batería de instrumentos para identifi car las ‰difi cultades de aprendizajeˆ en lectura y aritmética de los niños de los primeros grados de educación primaria. El test denominado “ABC” hizo parte de la ‰evaluación diagnósticaˆ en lenguaje y el test ‰v y 6” buscaba “diagnosticar” el nivel de aprendizaje de la aritmética elemental =os resultados del ‰A34ˆ mostraban ‰grandes difi cultadesˆ de los ni ños de primer grado en el acoplamiento con los có- digos de la escuela: “percepción”, “coordinación visomotora”, “memorización visual”, “capacidad de pronunciación”, “memorización auditiva”, “índice de fatigabilidad”, “resistencia a la observación de repetir palabras”, “concentración”, “abstracción”, “lateralidad” y “motricidad”, constituían las categorías para el dictamen. En el fondo, los dos test buscaban identifi car el coefi ciente de inteligencia de los niños y determinar si requerían un “tratamiento especial” en el ámbito de la salud mental; de hecho se divulgó como “test de inteligencia” a estos instrumentos. Uno de los test rezaba:

a. Procedimiento: el experimentador dice, pronunciando muy lentamente, caballo, y el sujeto debe repetir la misma palabra. Así sigue repitiendo sucesivamente las otras palabras:

b. Contratiempo, incomprendido, Nabucodonosor, pintarrajeado, Dardanápalo, 4onstantino pla, ingrediente, cosmopolitismo, familiaridades, Transiberia.

c. Tiempo: sin limitación

d. Valoración: 3 puntos: de nueve a diez palabras 2 puntos: de cinco a ocho palabras 1 punto: de dos a cuatro palabras (Filho, Test ABC, 1969)

Entre 24 puntos de todo el test el niño debe obtener al menos rs† si el puntaje oscila entre ‰{ a x puntos: estos niños son tan retardados que la enseñanza escolar común les sería totalmente improductiva”, señala uno de los tantos psicólogos que se pronuncian a través de la web sobre este instrumento; la escala de Filho, autor brasilero de estos tests conductistas, es:

NM= Nivel maduracional NM de 18 puntos o superior: El niño aprenderá a leer y a escribir en un semestre lectivo. NM inferior a 10 puntos: El niño aprenderá con difi cultad, exigiendo, en la mayoría de los casos un tratamiento especial. NM de 7 puntos o inferior: Para estos casos se hace necesario pruebas complementarias, como las de salud, así como una evaluación por un especialista en Difi cultades del Aprendizaje, para determinar la causa de tal puntuación.” (en web).

Los resultados de estos instrumentos mostraban que más de la mitad de los niños de las escuelas públicas de 4olombia padecían algo semejante al cretinismo infantil. Entonces, tal como Filho lo recomendaba, el Ministerio de Educación fue obediente e intervino fundando las “aulas remediales” con equipos de psicólogos, terapistas del lenguaje, docentes de “educación especial”, “orientadores” y trabajadores sociales† todo un ejército de ‰especia listas” se sumergía en las escuelas para aplicar sus saberes técnicos como si ejercieran en sus consul torios o en sus campos profesionales; a la vez frente a tales diagnósticos (los niños “no sabían” leer, pues no pronunciaban aquellas palabras del test) y preocupados por el alto índice de repitencia y de “deserción” en primer grado, los sindicatos reclamaban a sus empresas la subvención de las sesiones de consultorio para sus hijos como un derecho de los trabajadores, pues suponían que los niños estaban enfermos.

Pero, hacia el año 1987, un equipo de especialistas en pedagogía pertenecientes al ministerio — siempre en los ministerios hay quienes asumen su función con responsabilidad—, equipo que venía haciendo un seguimiento al programa “Aulas Remediales”, comenzó a sospechar que algo andaba mal porque en lugar de que los niños “remediales” se reintegraran al aula regular, luego del “tratamiento especial”, cada año las escuelas solicitaban más aulas remediales. El síndrome de la desatención y de la incapacidad para pronunciar palabras —raras como las ya señaladas— o de no poder identifi car al sujeto en la oración extraída de un cuento, o no poder contar los números hasta el cien, se agudizaba en las escuelas colombianas. Muchos docentes asumían el test del ABC como la verdad legítima para evaluar el aprendizaje de la lectura y la escritura; las cartillas también lo incorporaban. De allí viene mi primera inserción en la investigación en educación 4onsideré, junto con Gloria García, profesora de matemáticas, por entonces docentes en una universidad privada de Bogotá, a la que el MEN acudía para solicitar una asesoría, que la semiótica, las teorías del discurso y la pedagogía tenían mucho que aportar al respecto. Entonces propusimos con el equipo del MEN el proyecto “Estrategias pedagógicas para niños con diUerentes ritmos de aprendizajeˆ, cuyas premisas centrales se apoyaban en las teorías sobre la competencia comunicativa en la narratividad oral y escrita de los niños y en la pedagogía crítica de Freire. La perspectiva sociolingüística (Hymes, Lavob, Bernstein y Halliday) y la perspectiva de la psicología cognitiva, cercana a la semiótica, como la de Jerome Bruner, nos fortalecía en la convicción de que el problema no era de los niños sino de la sociedad, de los instrumentos de diagnóstico y de lo que ofrecía la escuela: sus pedagogías.

La investigación transcurrió durante 1987, 1988 y 1989; por sus características el modelo de la investigación-acción era muy oportuno, pues se trataba de desarrollar talleres con los docentes de ocho departamentos del país (30 por cada departamento) no en la perspectiva de “enseñarles” a implementar otros métodos y modos de evaluar, distintos a aquellos con los que venían trabajando en las aulas (lo que ha sido común en los “talleres de capacitaciónˆ, sino en el horizonte de analizar conjuntamente, en cada taller, casos específicos como los de los niños que repetían dos o más veces primer grado, “porque no sabían leer, escribir ni hablar”. Cada caso era una historia particular que se enlazaba con un ritmo diferente para aprender; pero la escuela los asumía de manera homogénea como lo hacen los test o las fichas de diagnóstico al considerar que todos los niños deben leer de manera veloz, con el mismo tiempo y la misma entonación aunque no comprendan: quien se demore más de un minuto tiene ‰dificultades de aprendizajeˆ y amerita un tratamiento especial; quien se “come” una letra” al leer o “cancanea” requiere de tratamiento médico.

Los docentes tenían que descubrir que había otras lógicas distintas a las implementadas durante tantos años, que habían condicionado la “deserción” y el fastidio hacia la escuela (las violencias de hoy tienen su antecedente en el ayer de la escuela que no pudo retener a quienes no entronizaron con sus rutinas). Esas otras lógicas estaban relacionadas con una mirada socioconstructivista del aprendizaje, lo cual implicaba reconocer que los niños mismos podían ayudarse entre sí, que las maestras son mediadoras que acompañan un proceso iniciado desde la casa o desde la calle, y que la escuela tenía que considerar proyectos o centros de interés para la seducción hacia la lectura y la escritura, a la vez que demandaba del Estado la dotación de textos literarios y de divulgación científica para que los niños se interesaran por leer. Se suspendía así la rutina de las planas, las prácticas fonetistas y los ejercicios decontextualizados y se comprometía al docente con la reflexión y la innovación† la evaluación se abría hacia el reconocimiento de lo que sabía el niño y no de lo que le Ualtaba† un ejemplo de esta experiencia está recogido por la maestra cartagenera Olga Villegas, que ya no está entre nosotros; su libro Escuela y lengua escrita: competencias comunicativas que se actualizan en el aula de clase (1996) es revelador de una experiencia de investigación realizada con los maestros para justificar el desmonte de las aulas remediales y propender por la inclusión en el universo de las diferencias. Surgirán luego las políticas sobre la integración y la promoción flexible

Se pudo probar que los niños, aunque se demoren —y es natural en una sociedad con capital simbólico desigual— logran avanzar en los aprendizajes Uundamentales si las maestras cuentan con el apoyo de grupos de investigación, si se las reconoce como intelectuales y no como aplicadores de currículos preelaborados, si trabajan en equipo por ciclos (lo que el niño no aprende en primero lo aprende en segundo), si los niños son quienes regulan el aprendizaje preguntan, lanzan hipótesis, si lo que es objeto de trabajo en el aula tiene sentido para ellos… Son muchas las investigaciones que, en este ámbito, transcurren en nuestros países; la punta de lanza lo constituye la obra de Emilia Ferreiro de cuya obra podemos destacar el proceso sicogenético inherente al aprendizaje de la lectura y la escritura.

Las hipótesis que los niños construyen frente a la escritura “… es indispensable ir más allá de la dicotomía correcto/incorrecto si se quiere entender algo de un proceso de adquisición que aparece siempre guiado por una serie de hipótesis constructivas por parte del escritor debutante.” (Ferreiro, et. al.).

6l aprendizaje de la escritura no depende estrictamente de la escuela; empieza desde el entorno familiar y la escuela puede contribuir a fortalecer lo y a continuarlo o a entorpecerlo. Es necesario comprender cómo el niño elabora hipótesis frente al sentido práctico de la escritura: para qué sirve escribir y cómo se hace (o cómo se escribe). Solo si comprendemos este proceso y tenemos la decisión de buscar enlaces entre estos saberes previos de los niños y lo que nos proponemos en el aula, es posible apuntar hacia la educación de niños productores de textos (Jolibert, 1995) y, en consecuencia, educar a niños que disfrutan con lo que hacen en la escuela, con el deseo vivo de leer y escribir (es lo más importante en los niños: querer, desear y ser felices en la escuela); esto no es posible con las rutinas del bla, ble, bli, blo, blu sino con la narratividad.

Un principio fundamental para lograr el acoplamiento entre la escuela y el mundo familiar del niño lo constituye el contacto con los textos que circulan en la cultura: periódicos, revistas, libros de cuentos, publicidad, recibos, avisos, películas, página web, etc. El contacto temprano con los textos genuinos, como los aquí señalados, propician en los niños el interés por saber acerca de lo que los textos dicen. Kenneth Goodman asume una posición muy radical respecto a los materiales que prevalecen en las escuelas: los cambios, en las escuelas, dice “implican el abandono de los libros tradicionales de lectura ordenados según una secuencia minuciosa, los programas de ortografía y los materiales para ejercitar la escritura manualˆ (1986: 10).

Por eso, si queremos formar lectores y sostener dicha formación durante toda la vida, el Estado y las secretarías de educación y de cultura han de fundar proyectos contundentes para la circulación de los libros entre las familias, la ampliación de los acervos bibliográficos de las bibliotecas municipales, de las escuelas, de los sindicatos, de los gremios… Las ferias del libro con precios de subasta constituyen una vía para que las familias asuman los libros como una necesidad, tan básica como lo constituye la alimentación.

Entonces, cuando los niños viven en espacios urbanos, en los que redunda la notación gráfica y escrita, y a la vez pueden manipular textos diversos, van apropiándose progresivamente de un conocimiento sobre la escritura. Desde los tres años de edad, dependiendo del capital cultural en el cual se mueve el niño, va apareciendo la necesidad de leer y de escribir. Inicialmente, ya sea en las paredes o en hojas sueltas o cuadernos, los niños realizan trazos rectos, quebrados o en curvolínea, con bolitas o con palitos, con la intención de “escribir”; en esta etapa no hay diUerencias entre el dibujo y el modo de escribir ni el dibujo ni los garabatos representan palabras, ni aparecen todavía grafías o números); es la etapa del garabateo, como punto de partida hacia el dominio de la convención de la escritura. Posteriormente, aparecen las hipótesis, ya señaladas por Ferreiro en la década de 1970 y probadas desde entonces por muchas maestras de pre-escolar y de educación primaria de América Latina:

1. La direccionalidad: los niños descubren, empí- ricamente (ven a otros leer), que se lee de un lado hacia el otro extremo, entonces asumen el juego de escribir de derecha a izquierda siguiendo la dirección del renglón y volviendo al comienzo del renglón, aunque pueden “leer” sus propios garabatos en dirección contraria. Los trazos no son todavía propios de la convención de la escritura.

2. La diversidad y la cantidad: los niños descubren para qué sirven las letras y las usan indistintamente junto con números o con seudograUías, acompañando lo que escriben con dibujos† consideran que una sola notación no dice nada y que las notaciones tienen que ser diferentes, si bien por momentos repiten una misma notación† el dibujo aparecerá hasta cuando el niño logra acceder al dominio primario de la convención, cuando considerará que las palabras son suficientes para representar lo que quiere comunicar. Las palabras acompañan las imágenes.

3. La asociación entre el tamaño de la cosa y el número de letras: los niños ya reconocen las grafías convencionales y las usan según sea el tamaño de la cosa que se va a nombrar (para “elefante” se requieren muchas letras; para lombriz se requieren pocas letras); han aprendido las grafías de tanto verlas en la ciudad y en la casa.

4. La hipótesis pre-silábica: para los niños, una grafía representa una sílaba; es decir, cada letra tiene el valor de una sílaba (en “sio”, dice Santiago; “io”, dice “piña”); no siempre usa las grafías iniciales, pues todavía no las distingue bien entre sí aunque las escribe indistintamente (en “bo”, dice sillón).

5. La hipótesis silábica: asocia la grafía con el sonido, reconociendo ya la convención de la grafía (puede decir que “león” comienza con “l” y escribe “lo”, y “perro” con “p” y escribe “po”). La preguntadera para escribir palabras/mensajes constituye la mejor señal del deseo por do minar el sistema convencional de la escritura. La escuela no le ha enseñado sílabas ni sonidos, pero el niño hace apuestas porque quiere aprender.

6. La hipótesis silábico-alfabética: todavía persiste en la representación silábica, pero avanza hacia el reconocimiento de la sílaba tal cual como es (escribe “plo”, para la palabra “pelo”). Se observa aquí una lógica en el razonamiento del niño: si la grafía “p” suena “pe”, por qué ponerle una “e” a la “p”; solo después descubrirá y aprenderá la convencionalidad y se adecuará a ella con el deseo de escribir textos/historias.

7. La hipótesis alfabética: puede escribir las palabras, distinguiendo y combinando las grafías que las constituyen (puede escribir “cocodrilo”, asociando cada grafía con nombres que ya conoce: “empieza con c, de cocacola”, “la o, de sol”…); el espíritu por construir está vivo, sobre todo cuando la escuela propicia los espacios y los tiempos para narrar.

Todas las preguntas de los niños en torno a la escritura hacen parte de la valoración que las maestras van consignando en la caracterización del proceso particular de cada niño (se trata de caracterizar no de diagnosticar). En general, se evalúa la capacidad metacognitiva del niño, pues se va a la escuela a preguntar por los grandes dilemas que vivimos desde la infancia. Pero ¿qué es la metacognición?

=a refl exión que hacemos sobre nuestros propios actos, esa especie de balance sobre cómo hemos aprendido y cómo estamos aprendiendo, constituye lo que en psicología cognitiva se denomina metacognición. Bruner, en Realidad mental y mundos posibles, dice que desde el décimo octavo mes de vida, aproximadamente, comienza en el niño una actividad metacognitiva cuando se observan las ‰rectifi caciones ling-ísticasˆ autocorrecciones y esUuerzos por hacer comprensibles los mensajes, según sean los interlocutores). Gardner, en La mente no escolarizada, señala que la metacognición se acentúa sobre todo después de los siete años y permanece durante toda la vida. Goodman, de otra parte, destaca la importancia de que cada niño pueda descubrir lo que ya sabe y pueda percatarse de cómo lo sabe y cómo lo aprendió; en la lectura, por ejemplo, reconocer que no se puede entender todo ni hablar de todo lo que está en el texto, es una elaboración metacognitiva fundamental en el aprendizaje inicial de la lectura† en la escritura, “uno relee lo escrito para asegurarse de que tiene sentido” y cuando el niño lo hace se puede tener la convicción de que el proceso va por buen camino. La metacognición, en general, presupone el paso hacia un estado superior del pensamiento, es decir, hacia procesos de abstracción inherentes a la representación de conceptos universales y la consecuente actuación discursiva en congruencia con las audiencias (lectores o escuchas).

En la escuela hallamos prácticas metacognitivas, tanto en las acciones escolares de los niños como en las acciones pedagógicas de las maestras. En los niños, cuando se autocorrigen: la tachadura, el borrón, la superposición de palabras, son indicios de la acción metacognitiva y constituyen una fuente de información sobre cómo los niños asumen el compromiso con lo que quieren decir de manera escrita; tachadura, borrón y palabras o letras sobrepuestas nos muestran que se está trabajando con la escritura y, en consecuencia, no ha de censurarse este modo de proceder; al contrario, alegrémonos cuando los niños lo hacen, porque están aprendiendo y sospechemos que algo anda mal cuando en los escritos de los niños no hay borrones ni tachaduras y solo hay una letra bonita en oraciones impecables. La letra bonita, la pulcritud ortográfi ca y la simetría espacial en su elaboración no nos garantiza que haya una escritura con sentido.

De otro lado, las maestras también aplican procesos metacognitivos cuando se preguntan por los modos de la pedagogía en cada clase, según el grupo de niños, y por los efectos y la calidad de lo que están aprendiendo todos: niños y maestra. Planear talleres a partir de los escritos de los mismos niños implica reconstruir los universos de sentido que los niños escritores han querido representar en su propia escritura; implica también asumirse como interlocutoras del aprendizaje, con la experticia necesaria en el acto de escribir para saber con seguridad lo que hay que ajustar en el escrito del es tudiante; de allí la importancia de que las maestras asuman la escritura como una experiencia propia y necesaria.

Preguntarse también sobre cómo escriben los ni- ños, evitando caer en el lugar común de un dictamen tradicional, como decir que “los niños no saben escribir” o “escriben muy mal”, es igualmente una práctica de metacognición que impulsa la transUormación del ejercicio docente Deñala 7e rreiro, al respecto, que “no podemos esperar que los niños deban saber hacer lo que apenas están aprendiendo a hacer… Lo que nos interesa es comprender qué signifi can esas ‡desviaciones¬, cuál puede ser su importancia evolutiva y en qué medida nos dan un acceso indirecto a una cierta representación del texto y de sus elementos.” (Ferreiro, et al rzzw‚ 3u Aor ejemplo, Urente al uso de los signos de puntuación, qué conclusiones se pueden organizar al analizar los escritos de los niños de tercero y cuarto grado; cómo se pueden caracterizar las formas de la segmentación que prevalecen en los escritos de los niños; qué tanto peso tiene la voz oral en la voz escrita† cómo se confi guran los destinatarios.

Hemos hecho este recorrido —del cuestionamiento a los test del ABC hacia la perspectiva socioconstructivista del aprendizaje de la lectura y la escri tura—, porque en los últimos años han aparecido de nuevo tests semejantes, como el 68RA 6arly Grade Redading Assesment), cuyos componentes perfi lan la imagen de niños tontos y de docentes supuestamente sin autonomía y sin criterio. Un retroceso sin duda en un país que no está en la minoría de edad en investigación en pedagogías para la lectura y la escritura. Colciencias tiene un acervo de investigaciones sobre el tema; en las universidades abundan las tesis de maestría y de doctorado en las que se prueban los enfoques comunicativos en el aprendizaje de la lectura y la escritura J el giro es en lectura en donde Colombia ha alcanzado los mejores desempeños en las pruebas nacionales e internacionales, si bien falta mucho por avanzar, pero también para acortar las desigualdades sociales tan determinantes en la educación.

Aretender que se aumentarán los puntajes en las pruebas externas, con la política reciente sobre los ‰Derechos 3ásicos de Aprendizajeˆ, tal como están planteados en lenguaje y en matemáticas, es una gran equivocación. Solo si se pone hincapié en la comprensión de los textos, orales, icono-visuales y escritos, desde la primera infancia, en contacto con textos genuinos, podremos garantizar la formación de lectores críticos y refl exivos 6n todo caso, no mediante los enfoques fonetistas y gramaticalistas o acumulando información enciclopédica, como lo hemos podido probar en nuestras investigaciones. Bien decía García Márquez: “Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme, y sin embargo, con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma.”

 

Fabio Jurado Valencia

Profesor de la Maestría en Educación, de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de: El lenguaje y la literatura en la transformación de la escuela; Rosario Castellanos, esa búsqueda ansiosa de la muerte; Ray Bradbury, literatura fantástica; Pedro Páramo de Juan Rulfo, murmullos, susurros y silencios.

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