Edición 27Tecnología

¿Qué pasaría si nos hiciéramos las preguntas correctas?

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto,
cambiaron todas las preguntas”.

Mario Benedetti.

Preguntar en contextos de incertidumbre

Vivimos más que una revolución un cambio de era. Las revoluciones, del latín revolutio “una vuelta”, representan un cambio dentro de las estructuras políticas y sociales con consecuencias relativamente predecibles y esperadas en un período de tiempo. La llamada revolución 4.0 es más un punto de inflexión en el significado de lo que hasta ahora hemos vivido como especie. Quizás el más incierto desde que el hombre habitó la tierra hace 70 millones de años. Las rápidas transformaciones están presentes en lo digital, lo biológico, lo espacial, lo ecológico, lo humanista y lo espiritual. Las predicciones sobre el futuro son al igual inciertas y desafiantes. La nanotecnología y la ingeniería genética prometen detener las enfermedades terminales y el envejecimiento. La creación de cuerpos no físicos y perfectos está cada vez más cerca. Y más que una revolución tecnológica estamos frente a un enorme y trascendental desafío ético que puede cambiar por siempre lo que significa “ser humanos”. Y es acá donde las grandes preguntas deberían ser ¿Qué tipo de ser humano y sociedad queremos construir? y ¿cuál debería ser el papel de la educación?

Aun cuando los avances tecnológicos son esperanzadores para resolver muchos de los problemas que afrontamos vemos la realidad de manera fraccionada. Estamos inmersos en un mar de información que nos impide ver las consecuencias de las decisiones grandes y pequeñas que tomamos como individuos y como naciones para la creación de un mundo sostenible en todas las dimensiones. No somos conscientes de que en el 2050 habremos consumido los recursos equivalentes a 3.4 planetas, lo que hace cuestionable la viabilidad de la vida en la Tierra. Por otro lado, según la Organización Mundial de la Salud en la actualidad 300 millones de personas en el mundo sufren de depresión, casi una pandemia. Como todo mal de la humanidad generalmente buscamos las soluciones desde el mismo lugar en que creamos los problemas. Frente a esta problemática que cada día afecta a más y más personas, hemos encontrado los tratamientos sin embargo no hemos hecho un trabajo juicioso sobre cómo prevenirla. ¿Será que hace falta preguntarnos quiénes somos? ¿Cuál es nuestro propósito y qué da sentido a nuestras vidas? ¿Qué es la felicidad?

En el 2022 la mayoría de los trabajos los harán las máquinas, y el 85% de los que hoy conocemos desaparecerán. Desde esta perspectiva de automatización, ¿qué es eso que jamás dejaremos de hacer los humanos? ¿Cuáles son nuestras habilidades irremplazables?

En este escenario de “revolución”, tenemos muchos datos y hasta certezas y sin embargo aún no nos hacemos las preguntas correctas. Y por eso mismo las decisiones que tomamos y las soluciones creadas a veces resultan más graves que los problemas. Repetimos y repetimos errores del pasado y somos incapaces de trascender hacia verdaderos lugares de creación. Mientras más poderosas sean nuestras tecnologías, mayor será la cantidad de daño que podemos hacer si las usamos de manera hostil o imprudente. (BOSTROM, 2018)

¿Cómo enfrentar los desafíos éticos que conlleva este cambio de era?

Esta debió ser una de las relevantes preguntas planteadas por Isaac Asimov cuando formuló las leyes de la robótica en 1942, en su libro Círculo vicioso.

  1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1.ªLey.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1.ª o la 2.ª Ley.

Y aun cuando estas respuestas surgen en la literatura de la ciencia ficción en el siglo pasado, son tan relevantes y pertinentes como cualquier postulado actual a favor del desarrollo humano sostenible.

Este tipo de preguntas, críticas y con múltiples posibilidades de creación no son promovidas por los modelos educativos tradicionales. Seguimos inmersos en contextos de aprendizaje que valoran más las respuestas únicas y correctas. Es necesario incorporar la duda con una connotación diferente. Contrario a asociarla al miedo y a la indecisión conviene entenderla como invitación al desafío del statu quo, como motor de transformaciones bajo la sospecha del impacto tanto positivo como negativo que puedan traer a la humanidad. Desde esta perspectiva la duda no es vergüenza sino virtud y es la fuerza para contrarrestar las preguntas cerradas que impiden el despertar de todo nuestro potencial creativo. (ZULETA y ZULETA, 2017). Necesitamos aprender a plantear los desafíos en términos de preguntas abiertas, poderosas y que generen múltiples posibilidades. La innovación tecnológica debe ser el resultado de una profunda indagación que tenga en cuenta el tipo de ser humano y sociedad que queremos construir, pensando sobre todo en las implicaciones éticas.

Si la creatividad es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?

La historia de la ciencia, el arte, la tecnología y los más significativos avances en los diferentes campos de intervención humana es la misma historia de las grandes preguntas. Saber preguntar puede significar la diferencia entre acertar o no en la solución de un desafío. Solo si existen preguntas surgidas de un lugar genuinamente humano y original habrá creación y una sociedad más justa y sostenible. Pueden ser múltiples las preguntas cuya respuesta sea la creatividad. Para el momento de complejidad actual propongo una: ¿Qué pasaría si nos hiciéramos las preguntas correctas? Aprender a preguntar tiene tanto de arte como de ciencia y es el pilar de la innovación con sentido ético.

El ser humano siempre se ha movido entre la búsqueda de respuestas concretas y prácticas a sus necesidades vitales de un lado, y a sus inquietudes filosóficas, religiosas y artísticas que den significado a sus preocupaciones espirituales y emocionales de otro. Es así como el proceso de hacerse buenas preguntas significa componer, converger y definir a partir de la integración de la ciencia el arte y la tecnología. Dejar alguna de lado implicaría desconocer la multiplicidad de variables a tener en cuenta a la hora de decidir sobre la pertinencia, la viabilidad e impacto de nuevos desarrollos en cualquier campo. Si bien la habilidad de hacernos buenas preguntas nace con nosotros, a medida que crecemos los sistemas culturales y educativos y nuestros propios paradigmas se encargan de limitar esta capacidad. Durante más de once años me he dedicado a la investigación de la pedagogía de la creatividad y uno de los más importantes hallazgos ha sido que a los niños más que enseñarles a ser creativos tenemos que dejar de intervenir en sus procesos.

Existen tres habilidades humanas que es posible desde contextos educativos abiertos y flexibles, preservar y potenciar. Las he denominado las 3C (las tres Ces): la curiosidad, la contemplación y la conexión. Son precisamente estas capacidades las que nos permiten hacernos preguntas creativas y afrontar la incertidumbre. De esta manera quizás podamos usar nuestro potencial para que nuestros descubrimientos e innovaciones no se salgan de nuestro control.

CURIOSIDAD: la curiosidad es una habilidad innata y relacionada con la capacidad de asombro. Exploramos con todos nuestros sentidos y nuestra motivación para explorar el mundo es infinita. Es precisamente esta habilidad la que nos lleva a la duda, a querer saber más y a hacernos múltiples preguntas de manera insistente. Es la capacidad para experimentar con ideas, palabras y objetos para crear nuevos significados. Dos niños de 5 años de edad, estudiantes del colegio donde he realizado mi investigación, paseando por un bosque encuentran un inmenso árbol y observan detenidamente la corteza y un sonido que sale de un pequeño orificio. De manera espontánea se acercan para detallar las cosas con la sencillez y la fluidez que los caracteriza y sin ningún tipo de filtro. Uno ve una especie de insecto que no ha logrado identificar y que atrapa toda su atención. El otro desde un lugar proveniente de la imaginación ve un duende. Si pudiéramos recordar los momentos en que la sorpresa y la imaginación hacían parte de la forma en que nos aproximábamos a la realidad podríamos rescatar emociones y pensamientos que han sido desagregados de nuestro potencial creativo. Uno de ellos, siguió su intuición y exploró todos los posibles habitantes del árbol a partir de la ciencia y el estudio de los insectos. El otro a partir de sus habilidades de lenguaje y expresión, creó un cuento sobre duendes en el bosque.

Las preguntas surgidas del asombro tienen la virtud de generar descubrimientos y llevar a la mente procesos de incubación para conectar ideas más allá del umbral de la conciencia. Claro ejemplo de mentes curiosas son genios como Leonardo da Vinci, Albert Einstein o Stephen Hawking.

CONEXIÓN: los grandes descubrimientos e innovaciones de la humanidad provienen de la integración de saberes, experiencias y recursos. La combinación de diversos elementos de manera novedosa y original se traduce en innovación cuando ha recorrido la pregunta, la ha abrazado y ha encontrado en un proceso de pensamiento convergente la mejor solución. Steve Jobs decía que la creatividad simplemente consiste en conectar las cosas. Creo que esto es parcialmente cierto. La creatividad parte primero de una mirada divergente de la realidad. Se trata si de descubrir las conexiones entre un contexto particular, sus realidades y las diferentes experiencias asociadas, teniendo en cuenta siempre los intereses, las necesidades y las emociones pero sobre todo los valores. De nada sirve conectar cosas si estas dejan de lado un propósito verdaderamente humano. Conectar debe ser una oportunidad para crear con propósito y así transformar positivamente la realidad espiritual, emocional, física y social.

A mi juicio, serían muchos los ejemplos que sustentan la idea de la innovación como resultado de las preguntas incorrectas. Uno provino de una noticia titulada: “SNOW: Un robot contra el acoso escolar”. Al comienzo, mi asombro fue frente a cómo la inteligencia artificial y la ingeniería robótica llegaban para revolucionar los entornos educativos. Cuando leí que una de las funciones del robot es dialogar con los alumnos para empatizar y analizar sus palabras y así identificar al agresor, la víctima y el líder, una sensación de pánico recorrió todo mi ser. Ya no se trataba solo de automatización con relación a funciones físicas y cognitivas sino de interacción social. Yuval Novah Harari lo menciona en su libro “21 lecciones para el siglo XXI”: Todas las elecciones que hacemos desde escoger la comida hasta la pareja, son el resultado de miles de millones de neuronas que calculan probabilidades en fracciones de segundo. (HARARI; 2018). En la era actual estas capacidades son igualmente imitables y la competencia de los seres humanos para innovar parece no tener límites. La pregunta desde un marco ético es ¿qué de lo que los hace verdaderamente humanos queremos y nos conviene delegar a las máquinas?

En contraposición hay ejemplos que demuestran que las preguntas poderosas generan cambios trascendentes. Qué pasaría si en los colegios una de las grandes preguntas fuera ¿cómo hacer este mundo más sostenible? Pasarían cosas como ser el primer colegio carbono neutro de Colombia por sus acciones para medir, mitigar y compensar su huella de CO2. (https://www.youtube.com/watch?v=9Cfq6YO2Fuo)

Las preguntas correctas nos llevan a un mundo más correcto, por ello quiero finalizar con una pregunta: ¿qué tenemos que hacer los adultos para ayudar al mundo? La respuesta sería volver a la esencia. ¿Qué pasa cuando somos curiosos, contemplamos y conectamos? Recuperamos nuestra imaginación, capacidad de asombro e inventiva. En eso los niños son los verdaderos maestros. RM

Referencias

DE BONO, E (1994). El pensamiento creativo. Barcelona: Paidós

GELB, M. (1988). Inteligencia genial. Leonardo da Vinci Nueva York: Delacorte Press.

BOSTROM, N (2014). Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies. Oxford University Press.

HARARI. N. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.

ZULETA, C Y ZULETA, N. y otros. Las 100 preguntas más creativas de los niños. Bogotá: Editorial Intermedio.

ZULETA, C Y ZULETA, N. (2017) Las creatividad en 7 verbos. Bogotá: Editorial Intermedio.

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Catalina Zuleta Triana

Coach certificada en Coaching Hall Internacional. Graduada del Programa de Liderazgo Creativo de la escuela THNK de Lisboa. Diseñadora Industrial de la Universidad Jorge Tadeo Lozano con Maestría en Administración Educativa de la Universidad Externado de Colombia. Directora de Desarrollo Humano del Gimnasio Fontana. Por más de 20 años ha investigado y creado una metodología para el desarrollo de la creatividad basada en 7 verbos: conectar, explorar, preguntar, dudar, integrar, innovar y crecer. Coautora del libro “Las cien preguntas más creativas de los niños”, la “Creatividad en 7 Verbos” y el documental “El despertar de una nueva educación.

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