Edición 28Educación Socioemocional

Neurociencias e inteligencias con sentido espiritual en la educación

En la actualidad, las disciplinas de las neurociencias se encuentran en un desarrollo significativo. El hecho de conocer mejor el cerebro, su constitución y forma neuronal, posibilita una mejor comprensión del ser humano y realidades como la mente, la psique e inteligencia o la educación.

En este trabajo veremos desde diversos autores, estudios e investigaciones cómo las neurociencias y las inteligencias se correlacionan de forma fecunda, contribuyendo así a una cosmovisión integral de la persona y sus procesos psicológicos, educativos y sociales.

Una buena filosofía (con su teoría-praxis) de la educación e inteligencia se expresa y sustenta en una adecuada antropología, en una sólida e integradora comprensión del ser humano. Tal como apuntan los enfoques y perspectivas de autores como H. Gardner (2011), D. Goleman o J. A. Marina (2019) sobre los diversos aspectos que conforman la inteligencia. Unido a otros estudios e investigaciones en el campo de las neurociencias, como los de Damasio (2010), Bauer (2013), Hunther (2015), Morgado (2012), Nogues (2013) o Rubia (2007), y que nos abren al horizonte trascendente y espiritual de la vida humana e inteligencia (Torralba, 2010; Vázquez Borau, 2010).

Filosofía y antropología de la inteligencia

Como ya indicamos, se hace indispensable una sólida filosofía y antropología que sostenga toda esta realidad, un humanismo solidario e integral; por ejemplo, cómo podemos encontrar en lo más valioso de corrientes como el personalismo, la teoría crítica o el pensamiento latinoamericano con autores y pensadores como E. Mounier, T. Adorno, P. Freire, X. Zubiri e I. Ellacuría (Díaz, 2004). Todo este humanismo, personalismo y pensamiento latinoamericano nos transmite esa inter-relación inseparable de la teoría y praxis, la razón y el corazón junto a la emoción, el pensamiento y el sentimiento, la inteligencia y la ética en la realidad histórica, la espiritualidad y la moral, la mística y la política.

Una inteligencia sentiente, donde el pensar y el sentir con el cuerpo forman una unidad que se religan a la honradez de lo real, para hacerse cargo de la realidad en un compromiso por la acción que promueve integralmente a la persona, con una praxis liberadora del mal e injusticia. De ahí que esta inteligencia humana, social e histórica se realiza en una educación humanista, crítica y liberadora que pretende el conocimiento transformador de la realidad; con la formación y promoción integral de la persona en todas sus inherentes dimensiones, para ser sujeto protagonista de la existencia y la gestión de la vida humana, cultural, social, pública e histórica en sus procesos educativos, de desarrollo y liberación integral.

La inteligencia de la razón y del conocimiento

Esta inteligencia, que se hace cargo de la realidad e impulsa la educación, supone el desarrollo de todas las capacidades intelectuales, de la razón y sus mediaciones socioanalíticas como son la filosofía y las ciencias humanas o sociales. El conocimiento de la realidad, imprescindible en todo proceso educativo y buena formación, hace necesario emplear las ciencias y estudios sociales, que posibilitan este conocer lo real articulando (uniendo) lo concreto-universal e histórico, en lo más valioso de la epistemología de Piaget y Vygotski (Álvaro y Garrido, 2003). La comprensión de las relaciones humanas, la cultura, las estructuras sociales, los sistemas políticos y económicos, los mecanismos laborales, comerciales y sociales. En la educación y formación integral es clave esencial potenciar este conocimiento de la realidad humana, material, social, estructural, cultural, personal y espiritual a través de estas mediaciones de la razón como son las ciencias sociales o humanas, las humanidades y la filosofía en la que se basan estas ciencias.

Los datos, hechos, acontecimientos y dimensiones de la realidad en sus diversos aspectos culturales, sociales, estructurales y psicológicos que estudiamos con la ciencia social o humana: requieren su articulación e integración en una adecuada teoría, en una filosofía y antropología, que subyacen en estas ciencias o teorías científicas (Ortega Cabrera, 20014). De esta forma, con esta filosofía y antropología de fondo que late en dichas ciencias sociales o humanas, se evita la parcialización, unilateralidad, sesgo, positivismo científico-técnico e ideologizaciones que deforman la realidad, la verdad real. La persona con su proceso educativo y formativo anhela este conocimiento de la realidad, la verdad de las cosas y de su ser, esta verdad objetiva, real del ser humano y del mundo, de la historia y el cosmos.

La persona como ser espiritual y trascendente busca el sentido de la vida, la verdad, la unidad, el bien y la belleza. Las ciencias actuales con el desarrollo de la física, mecánica, cuántica, las cosmologías o cosmovisiones ecológicas: visibilizan esta totalidad (globalidad) de lo real, en donde sus diversas partes y aspectos que constituyen la realidad interaccionan mutuamente. Todo se encuentra relacionado con todo (Sanz, 2015). Lo cual nos abre a ese conocimiento espiritual y místico, que busca esta religación con el todo, con lo absoluto. Esa unión con la totalidad del ser y de lo real que, frente a todo totalitarismo, no niega la diversidad y realidad concreta, personal, espiritual y trascendente; por ejemplo, las creencias en el Dios personal que, acogido en la fe, supone y lleva a su perfección toda esta naturaleza, realidad humana, espiritual y trascendente.

“La educación emocional es básica para aprender a gestionar y orientar las emociones hacia una adecuada afectividad”.

La inteligencia emocional-sentimental

Uno de los aportes esenciales de las neurociencias y la psicología actual es señalar la importancia que tienen las emociones, sentimientos y la vida afectiva en el desarrollo de la inteligencia (Morgado, 2010). Frente a todo racionalismo cartesiano e idealismo moderno con su razón instrumental (imperio de la racionalidad científico-técnica), la persona es un ser de deseos, pasiones y afectos que lo mueven e inclinan en su existencia hacia eso deseado y amado. Nuestra constitución neuronal, cerebral y psicológica se encuentra conformada por estas emociones y sentimientos, conectada al corazón, sede de los afectos que confluyen con el pensar. Estamos constituidos por la “razón cordial” o “cálida” que nos lleva a amar a los otros y al Otro, a Dios mismo como Don. En esta línea, “hay razones que solo el corazón entiende” (Pascal) y lo más esencial se ve bien con los ojos del corazón, como afirma Saint-Exupéry en “El principito” (Cortina, 2007; Díaz, 2010).

La educación emocional es básica para aprender a gestionar y orientar las emociones hacia una adecuada afectividad, con unos sentimientos humanizadores como, por ejemplo, la empatía y compasión hacia el otro, asumiendo solidariamente el sufrimiento e injusticia que padecen las personas, los pueblos y los pobres (empobrecidos, oprimidos, excluidos y víctimas). En este sentido, como transmite Benedetti, “todo depende del dolor con el que se mire”. Y no desarrollar esta educación e inteligencia emocional, con los sentimientos como el amor fraterno y solidario hacia el otro junto a esta empatía compasiva, conduce al capricho, tiranía, acoso, violencia, psicosociopatías u otras lacras y patologías.

Una persona puede tener un coeficiente intelectual muy alto, ser muy inteligente en distintas competencias conceptuales o técnicas, más si no cultiva esta inteligencia afectiva y sentimental: cae en dichas lacras, patologías y estilos de vidas consumistas e individualistas; con adicciones o demás problemáticas, que llevan al sin sentido y destrucción. Ponerte en el lugar de lo demás, asumiendo solidariamente su realidad y dolor e injusticia (de los más vulnerables y pobres o excluidos), lleva a valorar todo lo bueno que hemos tenido el regalo de que nos sea dado. Nos encamina a discernir y priorizar lo que es más importante en la vida, liberándonos de lo superfluo e intrascendente, etc.

En esta educación emocional y sentimental es fundamental acoger el don del cuerpo, con su cuidado y respeto. Como nos enseña la antropología y filosofía, por ejemplo el personalismo, no solo tenemos cuerpo. Aun más, somos cuerpo que es una dimensión constitutiva de la persona en su identidad y realización humana: con su propia naturaleza cerebral —como nos muestran estudios neurocientíficos (Brizendine, 2007; Rubia, 2007)—, biológica, sexuada, corporal que conforma la diversidad y complementariedad del hombre con la mujer en un amor fiel; y que constituye la realidad esencial de la familia abierta a la vida, a los hijos, a la solidaridad y al bien común. Un matrimonio y familia generosa, solidaria y comprometida por la justicia con los pobres de la tierra frente a la familia burguesa, consumista e individualista.

El desarrollo y madurez afectiva-sexual se realiza en este amor fiel, firme que se entrega mutuamente, comprometido y fecundo que da lugar a la familia, pilar básico de toda sociedad. No es posible separar la dimensión sexual-genital de la afectiva, con este amor consistente y en fidelidad hacia el otro. De lo contrario, como sucede hoy en día, se producen todo tipo de consecuencias negativas en las relaciones, en la familia, etc. Y ello igualmente frente a todo ese machismo, patriarcado o pansexualismo hedonista que ve a la otra persona y mujer como objeto de consumo sexual, para obtener placer e interés sin ese afecto que ama ni compromiso. Hay que respetar y promover la dignidad de la mujer con su protagonismo en toda la vida familiar, laboral y social.

La inteligencia ética para el desarrollo moral

De ahí que la inteligencia carga con la realidad, en este ser honrados con lo real, para llevar unos estilos y proyectos en la solidaridad de vida, bienes y acción por la justicia con los pobres. Las emociones como la indignación ante el mal e injusticia y el afecto hacia los otros, guiadas por la razón moral con los principios y valores éticos, dan lugar a unos verdaderos sentimientos humanizadores, morales e inteligencia sentimental (Camps 2011; Cencini y Manenti, 2016). Y hace posible la conciencia y la responsabilidad ética, con un compromiso por el bien común más universal, la paz y la justicia con los pobres.

En la línea de la psicología evolutiva con el desarrollo humano y moral, con clásicos ya como Piaget o Kohlberg que actualizan lo más valioso de la filosofía kantiana, se trata de liberarnos de una heteronomía e interés individualista para pasar a una autonomía y madurez moral (Burón, 2010), en donde asumo los valores y principios universales como la justicia con el otro, más allá de toda conveniencia e imposición. De ahí que este camino educativo que busca la excelencia humana y ética, con las virtudes morales como la justicia o la política en la responsabilidad por el bien común, va logrando la realización y felicidad del ser humano. Tal como ya nos mostraba la filosofía clásica con Aristóteles y, actualmente de forma similar, lo más valioso de la psicología positiva con M. Seligman y M. Csikszentmihaly (2010).

Y es que profundizando todo ello, no podemos ser amorales ni neutrales ante el mal e injusticia sino que, para no caer en esta pasividad y complicidad ante esta maldad y realidad injusta, debemos optar por dicha memoria (conciencia) compasiva en la lucha por la justicia con las pobres y víctimas. Tal como muestra la teoría crítica junto a H. Arendt (2011), como sucedió en la sociedad alemana con la barbarie nazi, no podemos evadir nuestra responsabilidad ética ante el mal y la injusticia, y acostumbrarnos a (normalizar) la maldad, obedecer las leyes inmorales y los sistemas injustos. Todo ello es vital para una adecuada educación ética y en valores. Hay que educar para la memoria del sufrimiento de la humanidad, en la compasión y justicia con las víctimas de la historia, junto a la memoria de los testigos de la solidaridad y justicia, frente a la cultura amnésica (des-memoria) que llevar a repetir los errores del ayer.

Testimonios como el de M. Luther King, nos ponen de manifiesto que si permanecemos impasibles y pasivos ante esta maldad con su realidad injusta, nos convertimos en cómplices y colaboradores de dicho mal e injusticia. Tal como sucedió con buena parte de la sociedad alemana, que legitimó y colaboró con el nazismo. J. L. Aranguren nos ha señalado muy bien, en este sentido, cómo la cuestión ética se resuelve en nuestra relación y la responsabilidad que ejercemos ante dichas situaciones de maldad e injusticia con sus estructuras sociales perversas (González–Carvajal, 1998).

Por ejemplo, nuestra pasividad y complicidad responsable ante los holocaustos del hambre, la pobreza, la esclavitud infantil y toda agresión (cultura de muerte) que daña o destruye la vida y la dignidad de cada ser humano en todas sus fases, dimensiones o formas.

La inteligencia social e interpersonal

Desde lo anterior, como nos ponen de relieve los citados estudios y autores en el campo de las neurociencias como Bauer o Hunther, la misma constitución cerebral-neuronal y psicológica hace que la persona esté conformada y llamada al altruismo solidario, desarrollando así la vida de amor fraterno en el compromiso por la dignidad y la justicia con los otros; frente a una concepción negativa e individualista del ser humano. La persona se va realizando, alcanzando un desarrollo humano e integral y madurez, en la medida que se va inter-relacionando con los otros, en esos procesos de alteridad solidaria y socialización moral para encargarnos de la realidad (Ávila, 2003). La persona y la comunidad social, lejos de oponerse, van logrando la maduración en su correlación inseparable con un servicio mutuo, efectuando ese compromiso por la libertad e igualdad, la participación democrática y la justicia social para el bien común más universal. En esto las ideas de Piaget y Vygotski se fecundan mutuamente.

Surge la inteligencia práxica y ejecutiva, en la responsabilidad ante la realidad social e histórica que se efectúa en la praxis comunitaria, transformadora y liberadora del mal e injusticia que padecen los pueblos crucificados y pobres de la tierra como sujetos de su liberación integral. Frente a todo paternalismo y asistencialismo, con el empleo de la razón y sus mediaciones socioanalíticas como son las ciencias sociales o humanas junto la filosofía, se trata de impulsar el protagonismo de las personas, los pueblos y los pobres en sus luchas liberadoras, en sus procesos educativos sociales e históricos de emancipación global. Es una pedagogía social que desarrolla una conciencia social crítica, que analiza, discierne y valora las causas que originan los males e injusticias: las relaciones inhumanas, la cultura que nos deshumaniza y aliena; las estructuras sociales injustas, los sistemas políticos y económicos dominadores que oprimen, los mecanismos laborales, comerciales y financieros perversos, abusivos o excluyentes (Cabarrús, 2008; Martín-Baró, 1997).

Dicha educación y formación social aprehende ese cambio personal, cultural estructural y global. una transformación de la mente y corazón del ser humano unido a la renovación de estas estructuras sociales e internacionales que, como nos muestran las ciencias sociales, interaccionan inseparablemente con la vida de cada persona y sus procesos de realización humana. En donde se deben articular los valores de la libertad y la justicia, la democracia participativa y la igualdad. Esos principios del trabajo, la dignidad de la persona trabajadora con sus derechos como el de un salario justo, que se antepone al capital (al lucro y beneficio o ganancia). El destino de los bienes con equidad en el reparto de los recursos, que tiene la prioridad sobre la propiedad, cuyo carácter personal y social es indisociable para el servicio al bien común (Ortega Cabrera, 2016).

Es ese estado social de derecho-s, que implementa la democracia real en la ética de la solidaridad y la justicia, con pilares como el trabajo decente (unas condiciones laborales dignas), un sistema fiscal justo en el que se redistribuyen equitativamente los recursos y las políticas sociales. Esos servicios públicos universales, de calidad por los que se aseguran los derechos humanos y sociales, como son la educación y la sanidad, la vivienda y los equipamientos e infraestructuras básicas como el transporte o la electricidad junto a las energías necesarias, el agua y la alimentación, etc.

La inteligencia ecológica

El ser humano no puede vivir sin un entorno y hábitat natural saludable. La ecología nos muestra esta interrelación entre la realidad ambiental, la humana y la social en las que se realiza la persona. Hay que escuchar el grito de los pobres, y promover la justicia social y global, junto al clamor de la tierra que impulsa la justicia ambiental para la protección de esa casa común que es nuestro planeta tierra, tal como nos enseña Francisco en “Laudato si” (2005; Carrera y Puig, 2017). Es la ecología integral que se realiza en esta ética del cuidado con una bioética global, que protege la vida en todas sus fases de desarrollo, dimensiones y formas.

Por tanto, hay que promover esta salud global con una mundialización de la sostenibilidad, que propicie unos estilos de vida sobrios con un consumo justo y responsable (Elizalde, 2009). Una economía y unas políticas ecológicas con energías sostenibles, limpias y renovables. En ese decrecimiento de nuestro consumismo, productivismo y desarrollismo, con esta vida austera que crece en solidaridad y justicia social, ambiental e intergeneracional.

Conclusión: inteligencia espiritual, sentido y buen vivir. Trascendencia e interioridad

Todo lo dicho hasta aquí, acerca de las diversas e inherentes dimensiones de la inteligencia con sus aspectos educativos, se puede sintetizar y profundizar propiamente en la conocida inteligencia espiritual. La inteligencia trascendente para la búsqueda del significado más profundo de la vida. La persona es un ser espiritual de sentido que quiere liberarse del caos y el nihilismo, mediante el asombro y la admiración ante el don de la vida que es acogido en el ser frente a la nada. Como ser simbólico, la persona requiere de estos significados y realidades que dan sentido a la existencia como son las relaciones familiares, políticas y espirituales que nos trascienden en la búsqueda de la verdad, de la belleza y el bien (Duch, 2002). A través de su inteligencia espiritual, el ser humano quiere afrontar las grandes cuestiones existenciales y espirituales del origen, sentido y destino (final) de la vida, del sufrimiento, el mal, la muerte y la injusticia. Es básico, por tanto, toda esta “pedagogía del sentido” y la inteligencia trascendente, para ir logrando una educación y formación espiritual e integral (Torralba, 2007).

Este trabajo y desarrollo personal nos orienta a la búsqueda de lo más íntimo e interior (hondo) del ser y alma para ir planteándonos aquellas respuestas, esperanzas y trascendencia. Esa apertura, esas capacidades y posibilidades de afrontar el anhelo de liberación plena e integral de todo este mal, muerte e injusticia que lleva al amor sin fin, a la vida plena y eterna, a esa belleza de la eternidad. Las diversas espiritualidades y místicas, como la cristiana o andina con el buen vivir, nos muestran este deseo y realidad de comunión con el Otro, con lo Divino (Dios mismo para la fe), con los otros y la naturaleza, con todo el cosmos en una “ecoteología” (VV. AA., 2016). El buen vivir con la ecología integral aspira a esta armonía y equilibrio con el Todo. Ese cuidado del ser y vida plena con Dios, con los otros en la justicia con los pobres y con el hábitat (todo el universo), que nos abre a la Trascendencia de Comunión, Amor y Solidaridad, Dios Trinidad de Vida que ya no cesa como nos comunica la fe. RM

Agustín Ortega Cabrera

Estudia Filosofía y Teología con Doctorado en Humanidades, Doctor en Ciencias Sociales (Psicología y Sociología). Profesor e investigador en Universidades Latinoamericanas, autor de artículos y publicaciones; agustinortega1972@yahoo.es.

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