Edición 24Reflexión

Emociones en el aula de clase: formar con efectividad desde la afectividad

Se describen los roles del maestro y las maneras en que estos pueden contribuir a la búsqueda de la felicidad de sus estudiantes.

Vivimos en una sociedad caracterizada por el desarrollo económico, la evolución digital, el conocimiento científico y la globalización. Nos hemos esforzado enormemente en desarrollar tecnologías, en crear flujos de información ilimitados y al alcance de todos y aún así, nuestras sociedades están colmadas de familias rotas y de personas infelices. Habitamos en un mundo de paradojas donde poseemos más conocimiento pero resolvemos menos problemas, trabajamos más pero amamos menos, usamos a las personas y amamos nuestras pertenencias. Dentro de estas paradojas la educación no es la excepción. Seguimos educando individuos para la vida por medio de memorización de contenidos, de estandarización del conocimiento y de las habilidades y hemos dejado de lado, como dice Marshall Berman (1982) los procesos dinámicos de transformación propios del ser humano. Los jóvenes de la modernidad han reducido su capacidad de interpretar las emociones propias y del otro, de tener relaciones duraderas y de calidad, o según algunos autores, nuestra sociedad está llena de relaciones líquidas (Bauman, 2005) y de cuerpos que han perdido el contacto con la propia alma y ya no saben nada de su propia corporeidad (Berardi, 2007).

Se describen los roles del maestro y las maneras en que estos pueden contribuir a la búsqueda de la felicidad de sus estudiantes.

Muchos estudios se han realizado para demostrar que las relaciones maestro-estudiante y que las emociones en el salón de clase son de suma importancia, no sólo para los procesos cognitivos, sino para la vida. Entre estos estudios se ha encontrado que el vínculo se adquiere por medio del intercambio emocional y que este vínculo crea un ambiente de aprendizaje que posibilita la exploración y la adquisición de habilidades (Perinat, 2007). También, se ha encontrado que las competencias sociales y emocionales de los profesores afecta la relación que estos tienen con los estudiantes en el aula de clase, y por ende, en el proceso formativo (Palomero, 2009). Para Glasser (2004), el éxito de la enseñanza se fundamenta en relaciones de calidad basadas en confianza y respeto entre maestros y estudiantes. Estas relaciones ayudan a promover la felicidad de los estudiantes, les proporciona tranquilidad y propicia el aprendizaje.

A pesar de conocer los beneficios que traen las relaciones de calidad entre maestros y estudiantes, y de analizar el impacto que las emociones generan en el aula de clases, los maestros aún seguimos impartiendo conocimiento y no somos formadores de futuro. Según Goleman (1996), los jóvenes modernos no saben expresar sus emociones y no han aprendido cómo interpretar las emociones de los demás. Esta capacidad, la cual nos permite saber qué siente el otro, es cada vez más efímera y no hace parte del modelo educativo que nos ha vendido la globalización. Modelo que se limita a estandarizar y no ha potenciar las habilidades emocionales de la humanidad. Es por este motivo que debemos ser efectivos a la hora de formar y acompañar a los niños y jóvenes de nuestra sociedad.

El papel que los maestros desempeñamos en el sector educativo debe ser el de acompañar y no de imponer, de guiar y no de castigar, de potencializar habilidades y no de reprimir sueños. Debemos tener en cuenta los matices y dimensiones de la personalidad de nuestros alumnos y sus necesidades básicas. Debemos ayudar a los futuros ciudadanos del mundo a encontrar la felicidad buscando un equilibrio consigo mismos y con los demás. Así mismo, es de suma importancia ense- ñarles a nuestros estudiantes a ser ciudadanos del mundo, a aprender de la frustración, a entender las necesidades del otro, a cuidar las relaciones con los demás, a respetar la naturaleza, a regular las emociones positivas y negativas, a tomar decisiones que satisfagan sus necesidades teniendo en cuenta las de los demás, a respetar las diferencias y subjetividades del otro, a conocer sus emociones sin utilizarlas como excusa para tomar decisiones poco informadas o irracionales. Debemos enseñar a las nuevas generaciones a formar y mantener relaciones de calidad, a aceptar, a socializar y a respetar a las personas con otras formas de pensar y ver el mundo. Es importante enfocarnos en evitar la competencia y promover la cooperación. Igualmente, enseñar a nuestros estudiantes herramientas para ser mentalmente saludables y encontrar la felicidad. Me gusta utilizar la definición de William Glasser (2005) sobre felicidad y salud mental para, por medio de mi materia, ayudar a mis estudiantes a lograrlo: “Eres mentalmente saludable si disfrutas estar con la mayor parte de personas que conoces, especialmente con aquellos importantes para tu vida como familiares, pareja y amigos. Generalmente estás feliz si estás dispuesto a ayudar a un familiar, un amigo o un colega que no lo está y desea sentirse mejor. Llevas una vida por lo general sin tensiones, te ríes con frecuencia y rara vez sufres de dolores y malestares que tantas personas aceptan como algo inevitable del vivir. Disfrutas la vida y no se te dificulta aceptar a las demás personas que piensan o actúan diferente a ti. Rara vez se te ocurre criticar o tratar de cambiar a alguien. Cuando tienes diferencias con los demás intentas resolver el problema y, si no se puede resolver, te retiras antes de discutir y aumentar la dificultad. Eres creativo(a) en lo que haces y puedes disfrutar más de tu potencial de los que creías posible. Finalmente, incluso en situaciones de gran dificultad cuando estás desdichado(a) -nadie puede estar feliz todo el tiempo- sabrás porqué estás desdichado(a) y tratarás de hacer algo al respecto. Puedes estar físicamente incapacitado y aún así cumplir con los criterios arriba mencionados”. A esta definición yo le agregaría estar en paz y feliz contigo mismo.

Conocemos la importancia de las relaciones de calidad entre maestros y estudiantes, se ha demostrado el impacto de las emociones en el aprendizaje, sabemos el rol principal del formador pero muchas veces no sabemos cómo hacerlo. No existe una receta secreta para ser maestro, sin embargo, podemos utilizar algunas herramientas que hacen más fácil nuestro rol. Una forma, que personalmente he encontrado muy efectiva, es conociendo las necesidades básicas de mis estudiantes para ayudarles con afecto y estructura a satisfacer sus necesidades respetando las de los demás. Según la Teoría de la Elección, tenemos cinco necesidades básicas (Glasser, 1998). Estas necesidades son: amor y pertenencia, poder, libertad, supervivencia y diversión. Cada uno de nosotros tiene diferentes niveles de satisfacción de estas necesidades. Por ejemplo, si mi necesidad más alta es la de amor y pertenencia para mí será muy importante un abrazo de mi maestro, una palabra de ánimo o un saludo. Si por otro lado, mi necesidad más alta es la de poder, entonces para mí será muy importante que mi profesor me ayude a retarme y a mostrar qué tan exitoso soy. No importa qué necesidad quieran satisfacer mis estudiantes, lo importante es ayudarles a alcanzar la felicidad y la salud mental tal como la describe Glasser (1999) en la definición arriba descrita, a esto lo llamo formar con efectividad desde ¡la afectividad! RM

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Andrea Polanco

Docente del Colegio Rochester y estudiante del Doctorado en educación de la Universidad de la Sabana.

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