Edición 28Habilidades 21

Fluir para cambiar y ser mejores. Caminos en la construcción de puentes entre identidades físicas y digitales

Lo siento mucho, no pude avanzar en el juego porque mi habilidad se vio afectada por la distancia que existe entre mi computador y el computador en el que está instalado; no importaba cuán rápido reaccionara, aquella demora de nanosegundos en el ping al servidor representó menos V-bucks para mí e hizo que siempre me tomaran ventaja aquellos que se encontraban más cerca.

(Testimonio de un jugador de Fortnite©, que ocupó el segundo lugar en un torneo mundial de este juego en línea. 2019)

Muy probablemente el párrafo anterior resulte difícil de entender en su totalidad para buena parte de quienes compartimos estas páginas. Sin embargo, su contenido es un comentario real de uno de los jugadores más reconocidos en el mundo del deporte. ¿Quién identifica su contenido? ¿Quién se encuentra abierto a comprender que entre lo digital y el deporte (ya) no hay barreras y que buena parte de la población asiste a torneos que reúnen más aficionados y deportistas que los juegos olímpicos y el mundial de fútbol? Debemos reconocer y reconstruir desde nuestros espacios, desde la educación, para tender puentes entre lo que sabemos ser y lo que aprendemos a ser, en favor de nuevas generaciones.

En las líneas que vienen a continuación recorreremos un breve camino por las estrategias que necesitamos abordar para ser el cambio que queremos ver en el mundo y veremos cómo desde la educación y como maestros podemos valernos de la identidad digital para ser, precisamente, el cambio que queremos ver.

La idea que da sentido a los textos que nos reúnen en este número se atribuye en muchas ocasiones a la afirmación de un famoso abogado de la India: Mahatma Gandhi, quien se destacó por su liderazgo espiritual y político a mediados del siglo pasado: “sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Pero la referencia no es tan casual, ni directa. Cuando exploramos un poco acerca del trasfondo de esta frase, de esta idea, hallamos que no surge de forma espontánea ni porque Gandhi la estuviera viviendo en carne propia para que fuera considerada parte de su gran legado, no. Quien para muchos fuera profeta y líder mundial, consultado por cientos de otros líderes, jefes de estado y seguidores en su país, cuentan, tuvo que esperar mucho tiempo y tender un puente entre su ser y el de otros para poder emitir con juicio esta invitación a que seamos ejemplo de lo que queremos construir.

La referencia es mucho más cercana de lo que creemos: habían llegado a la morada del líder indio para pedir que con su autoridad y sabiduría exhortara a un joven a que no comiera tanto azúcar, porque le estaba debilitando, afectando su salud. Gandhi, con su rictus de serenidad y sabiduría, no le dijo nada al joven ni a su familia en ese momento y en cambio les pidió que volvieran con el muchacho unos días después para poder hablar acerca de la sencilla invitación. Todos en aquel instante pensaron que esta espera obligada era parte de su estrategia para lograr que la frase por él proferida tuviera mayor rigor y vitalidad en el joven y en todos aquellos quienes le escucharan con atención.

Si nos preguntamos por qué se había generado tal expectativa en el diálogo entre el joven y la autoridad india, llegamos a reconocer un elemento de identidad, de identificación: la información que todos tenían del líder indio permitía reconocer en él un sujeto con acciones, reacciones y, por tanto, un perfil que le daba confianza tanto a la madre como a quienes estaban atentos a su respuesta, como algo que serviría al joven para que dejara aquel hábito. La madre del joven reconocía la identidad de Gandhi y se identificaba con él. Más allá de esperar que dijera que no o que les pidiera, como lo hizo, que volvieran días después, nadie nunca esperó que Mahatma Gandhi les respondiera con algo que no fuera parte de lo que sabían de él por las noticias, el voz a voz y por sus propias palabras, aún no llegaba Internet o los medios digitales de comunicación.

No obstante, semanas más tarde en el encuentro con el invitado y su familia, el ritual no se dio, no dijo la tan esperada frase. El líder hindú dialogó con el joven algunos minutos y luego de la despedida y de que agradecieran sus palabras dio por finalizado el encuentro. Mahatma explicó que no podía haber dicho nada semanas antes al joven porque ante la consulta de la atribulada madre, él mismo había notado que consumía mucho azúcar y que le estaba enfermando sin que él quisiera prestar atención. Hasta tanto no se pudiera identificar con lo que estaba proponiendo, no se sentía con la autoridad de invitar al joven a que no hiciera algo con su salud, con su vida.

Lo que podía no haber pasado de ser una anécdota culminó en una enseñanza de vida que luego se transformó en la máxima que ahora todos conocemos; el sabio indio no podía enseñar nada de lo que él mismo no fuera parte consciente, comenzando por asuntos tan comunes y casuales como la alimentación.

Esta historia tiene algunos matices. En ella encontramos elementos que no desdibujan la autoridad de Mahatma Gandhi porque haya o no proferido la consabida máxima que se le atribuye, afirmación que aún tiene el poder de concitar a la reflexión y al cambio. Veamos el lugar del joven y el de la madre frente al maestro indio, y veamos también la posición del maestro.

Con toda seguridad, la madre agotó todos sus recursos en la formación del joven para invitarlo a que “por su bien” dejara de hacer algo que para ella atentaba contra su salud. Siendo autoridad para él, no lograba que de algún modo atendiera a sus indicaciones. A pesar de ser madre e hijo, él no se sentía identificado o bajo la autoridad de ella, al menos en ese campo. Esta situación no es ajena a ninguno de nosotros, quienes casi siempre, percibimos en algún momento aquello de no ser profetas en nuestra propia tierra; por eso quizás la madre también acudió a la voz de Gandhi, él sí podría.

El joven, centro de la inquietud de la madre en quien despierta la reflexión del maestro hindú, no es simple objeto de un llamado de autoridad por parte del hombre mayor; Mahatma era un líder para la madre y el hijo porque en ese tiempo, antes de 1940, existía un lazo de identidad que derivaba en autoridad para ellos. Muy probablemente él, después de la primera visita al líder, podía haberse “autorregulado” y no requerir de mayor diálogo, pero se hizo necesario y resultó en un suceso de mayor provecho para todos nosotros. Visitar al líder y recibir su palabra dejaba un rastro y una orden para quienes se identificaban con él. El maestro, profesor, docente, siempre tiene espacio en la formación de la identidad de otros. Autoridad e identidad suelen ser elementos que van de la mano; ¿con quién nos identificamos o se identifican nuestros jóvenes?

El maestro, por su parte, requirió no solo de reflexión sino con toda seguridad de un atento estudio de los elementos que estarían en juego al llegar a proferir tan simple pero importante llamado de atención. Él sabía que no podía llegar a invitar a alguien a hacer algo de lo que él mismo no estaba seguro, no tenía información o no había mínimamente reflexionado. Ante el llamado a clase, a la charla con el estudiante, no fue necesario que enfermara (con el azúcar) para que sirviera con el ejemplo; no fue necesario tampoco que debiera tener alguna retribución (salario) para que él hiciera parte del cambio. Solo se requirió de la atenta escucha, la vocación (y) el interés por dejar un pequeño legado: llegó el momento, llegó la prueba y tuvo que hacerlo, tomar tiempo para acudir a las fuentes de la información y la experiencia (muy seguramente propia, inciertamente ajena) para poder hacer la exhortación que él mismo veía necesaria para el joven y para sí mismo.

Muy sencillo hubiera sido simplemente responder al llamado de la atenta madre y replicar con autoridad desde su cátedra. Él ya sabía que la autoridad no se la podía dar su lugar de maestro, ni siquiera de líder mundialmente reconocido o de filósofo de la paz; si después de la exhortación llegara una segunda pregunta: ¿cómo?, ¿cómo puedo dejar de consumir azúcar? Gandhi sabía que no podría contestar desde el mismo lugar y debía informarse y acercarse al tema, sin prejuicios, sin resquemores, preparado como debía para lograr que la indicación fuera más que un “consúmela con moderación” o “hazlo de esta manera”, “escucha a tu madre”… Sabemos que no fue fácil aún para Mahatma Gandhi, por algo se hizo célebre su afirmación y la recordamos en estas líneas.

Tejer puentes, construir identidad

Por eso es tan difícil hablar de cosas de tecnología e Internet con nuestros hijos, con los jóvenes, con otras generaciones, con quienes creemos que “dominan” los recintos de la virtualidad, Internet y las redes sociales. La tecnología y todos aquellos dispositivos que vemos como “el azúcar” para generar adicción en niños y grandes, son de lo que la madre se sentía tan lejos de prevenir a su hijo y por ello lo llevó a que escuchara al profeta de la paz. Solemos creer que, al no poder tener las experiencias, conocer las palabras o compartir al mismo ritmo lo que las nuevas tecnologías ofrecen, no podríamos tener autoridad o “algo que decir” para que atiendan y puedan reconocer lo que quizás percibimos como nocivo o que puede afectar el desarrollo de su personalidad y convivencia. Si no nos sienten o sentimos mínimamente identificados, no tenemos voz.

Pero allí precisamente se encuentra la clave, en que reconocemos lo que está pasando y creemos que a Gandhi se le ocurrió la frase de un momento a otro y que a menos que seamos él, estamos destinados a perder y perder a nuestros estudiantes entre los trebejos de la virtualización, las aplicaciones y las pantallas (del celular, del computador, de la televisión). Como padres de familia, educadores, responsables de “ser el cambio que queremos ver”, el trasfondo de esta sentencia advierte proceso, advierte diálogo, advierte comunicación y re-conocimiento. Puntualicemos en algunos aspectos que nos permitan delinear estrategias concretas para el cambio.

Primera estrategia: debemos reconocer que *somos* actos de comunicación.

El ser humano, sin importar su nivel de trascendencia, es un ser social, que construye y se reconstruye permanentemente gracias a la interacción con otros. Esta permanente reconstrucción representa la constitución de su identidad (consciente o no) frente a sí mismo y frente a otros. En nuestra interacción cotidiana identificamos a otros en su forma de vestir, de caminar, de mirar, de comunicarse directa e indirectamente. Con un poco más de reflexión, nos identificamos a nosotros mismos en esos u otros términos; la comunicación es la clave.

Al comunicarnos con otros estamos construyendo identidad, eso es lo básico. Pero qué pasa en estos entornos en los que no sabemos quiénes o qué son los otros, ¿qué identidad estamos transmitiendo de nosotros cuando la conectividad potencia cualquier comunicación y, por lo tanto, potencia la construcción de identidad? En primer lugar, nuestra identidad se hace más difícil de controlar, comunicativamente hablando, y segundo, la identidad de los demás se hace más permeable y compleja de asegurar: tenemos así las noticias y los perfiles falsos rodeándonos de información.

Cuando afirmamos que somos seres sociales estamos reconociendo que nos comunicamos identificando e identificándonos con otros. Así en el transporte, así en el aula, así en familia. Le hablamos a un bebé como creemos que él nos entiende y nos comunicamos con los demás como queremos que nos entiendan (o no). Para trascender cualquier frontera, generacional e incluso tecnológica, el puente es la comunicación.

La estrategia es entonces: haz de tus acciones comunicativas actos más conscientes, más con tecnología digital

Segunda estrategia: “ser virutal” puede tener más potencia que “ser real”, pero lo verdaderamente importante es la experiencia de cambio.

La relación entre lo real y lo virtual se ha transformado en los últimos 20 años. Al punto de cambiar la respuesta cada vez que se ambienta de nuevo la pregunta: ¿cuál es el límite entre lo real y lo virtual? Sabemos que de lado y lado hay cada vez más efectos de convergencia: lo real es virtual y lo virtual es cada vez más real; nuestras vidas se desarrollan en entornos virtuales y —para el caso de la educación—la presencialidad ha disminuido sus fronteras para brindar escenarios que enriquecen la experiencia humana.

Esto ha traído, con la reducción de las curvas de aprendizaje en la incorporación de la virtualidad en la experiencia humana, una mayor confianza en nuestra comunicación, a lo que hacemos con tecnologías. Para mantener contacto con alguien ya no usamos el sencillo “me llamas”, o como antes “me envías un bíper”, sino que atendemos al críptico “cualquier cosa por wasap”. La presencia de las tecnologías ha modificado los tiempos y los ritmos de comunicación con un lenguaje que trasciende también la identidad y la relación entre nosotros.

Así es como esta segunda estrategia abre camino a la reflexión sobre un problema educativo que ocupa la mente de cada vez más profesores (e) investigadores, cómo nos comunicamos con tecnología y cómo esta comunicación afecta lo que sabemos de nosotros mismos y de los demás 1. Estudios en este campo reconocen en las prácticas comunicativas que se establecen por medio de canales digitales un escenario al que debemos atender: es necesario darle importancia a la experiencia comunicativa de relación con otros no solo en escenarios físicos, sino mucho más en entornos virtuales.

La clave de esta segunda estrategia es: abre paso a la experiencia, pero repite “si no lo haces en ´lo real´, no lo practiques en ´lo virtual´”.

Tercera estrategia: toma tiempo andar de prisa.

A pesar de que nos veamos inducidos a actuar de repente, a abrir el perfil, a crear la cuenta, a responder a la velocidad del ping, a mandar ese estado; y que, por otra parte, veamos en ese “correr” un error de la contemporaneidad y las nuevas generaciones que parecen ir a otro ritmo, el verdadero conflicto surge cuando el tabú social o la falta de “consciencia del minuto siguiente 2” inundan nuestra vida.

El uso de tecnología nos ha llevado a unos y a otros a desestimar lo que hacemos con ella y a sobreestimar la exposición que se puede alcanzar en ella. Cuando somos maestros o tenemos la autoridad (social o impuesta) de orientar o valorar, podemos llegar a poner en medio barreras o medidas que no son del contexto en el que estamos “profiriendo nuestra exhortación”. Como aquel líder indio, no debemos apresuramos a emitir conceptos o juicios sobre acciones u omisiones que no hemos medido o que no hacen parte de nuestros contextos cotidianos. En su lugar, debemos reconocer en nosotros mismos las prácticas comunicativas que permiten que otros nos identifiquen, también en contextos digitales: qué dice de nosotros nuestra dirección de correo electrónico, qué información provee el buscador de Internet (genérico o especializado) cuando alguien digita nuestros nombres, en cuántos lugares hay información de nosotros, cómo manejamos nuestras contraseñas…

“Más allá del navegador (browser) o el celular y justo en el centro de la identidad digital se encuentra siempre un proceso de comunicación”.

Llevado a la práctica, aunque no podamos predicar sobre el uso de tecnología por no reconocer los entresijos de la comunicación que la sustentan, eso no nos debe detener en el invitar a comunicarnos mejor (en lo virtual como en lo real), cuando al menos una de esas esferas es parte de nuestra cotidianidad. Más allá del navegador (browser) o el celular y justo en el centro de la identidad digital se encuentra siempre un proceso de comunicación. Si estamos cerca o estamos lejos de ese lugar, leyendo esto ya nos encontramos dando el primer paso.

La clave de esta tercera estrategia: como estudiantes y como maestros es necesario tomar tiempo para volver a aprender nuevas formas de comunicarnos.

Cuarta estrategia: al comunicar siempre enseñas y más con el ejemplo.

Preguntarnos por la importancia de la comunicación nos remite al reconocimiento propio y de otros, sea que parta de nosotros o no. Si recordamos a aquel líder que fue consultado por la madre angustiada, todos conocían e identificaban a Gandhi por sus acciones comunicativas y de él esperaban lo que ellas de él decían. La forma de conocerlo y reconocerlo era por los medios de comunicación a los que pocos en su tiempo accedían: apenas lo que transmitían la radio y la televisión. Para la primera mitad del siglo pasado contábamos con contados canales y medios, cada uno de nosotros tenía o un canal de televisión o al menos tres emisoras radiales con las que tener contacto con el mundo. Y de casi todas sabíamos desde dónde se emitían, quiénes eran sus personajes (sus voces, sus rostros en blanco y negro o a color) e incluso el horario de emisión o retransmisión de sus programas.

En nuestros días podría haber más personajes como Gandhi, o quizás menos, todo depende del medio por el que nos comuniquemos o de las redes en las que él o ellos se encuentren. Antes de Internet también pudo haber muchos Gandhi, la clave estaba y está en la comunicación, sin duda. Lo que sale a relucir ahora está en que se ha desdibujado el límite de la confianza en la identidad de los demás, así como la frontera comunicativa entre lo real y lo virtual: necesitamos ahora prestar más atención a los elementos de la comunicación que se reflejan en entornos virtuales para saber quién realmente puede ser aquel personaje al otro lado de la línea o del canal (no podemos controlar el saber y la confianza es menor) o si lo estamos viendo “en vivo” por más que tengamos la imagen de “online” o “en vivo” (los tiempos tampoco son siempre reales). El conflicto está en que conocer o identificar ya no son tareas tan sencillas ni de una sola vía. Quien busca identificar probablemente ya está siendo o ha sido identificado3.

La tarea con nuestros jóvenes, y siguiendo el ejemplo de Gandhi, es reconocer cómo nos comunicamos y qué hacemos cuando lo hacemos. Qué hacemos cuando queremos que otro nos reconozca; y aunque no queramos serlo, todos nuestros actos comunicativos tienen más poder ahora que hace tan solo un par de años. El líder indio sabía que decir algo era parte de lo que los demás sabían que era él, su forma de comunicarse era parte de su identidad. Y si decía algo que no estuviera en consonancia con lo que él era, no estaba transmitiendo —en forma consciente o no— un sentido completo de lo que como maestro, como educador, aquella madre, aquel joven, todos a su alrededor, esperaban de él.

Transmitir la idea de una buena comunicación en tiempos del píxel y del ping exige de nosotros, educadores, un reconocimiento de que los tiempos, los modos y las rutas que usamos para comunicarnos y para comunicarse tienen un elemento adicional: son rutas de construcción de identidad. Así como Gandhi y aquel jugador de ligas en línea, ambos fueron y serán reconocidos por lo que hacen y comunican, por cómo fueron y son identificados.

La clave de esta estrategia es: como maestros somos más que comunicadores, somos constructores de identidad.

Quinta estrategia: todos somos Gandhi, en nuestros propios contextos.

Al tenor de la anterior estrategia, en la que la comunicación supera los límites del tiempo y el espacio, y no obstante siempre es la clave de la identidad, uno de los cambios que se han generado con la transformación y convergencia que se da entre lo real y lo virtual, es que los mundos y los contextos son tan grandes o pequeños como los queramos percibir, y ambos se afectan de formas muchas veces ajenas a nuestro dominio. Esto por cuanto los límites entre ambos escenarios son, de muchas maneras, difusos (en tiempo, modo, duración, alcance) y algunas veces dependientes e independientes al mismo tiempo 4.

En este sentido, no es necesario que esperemos el momento de impartir formalmente un conocimiento o que llegue alguien a preguntarnos por algo. Dado el carácter de la comunicación mediada por dispositivos que potencian la conectividad y la segmentación 5: los celulares (grabación de clase, almacenamiento de información), la transmisión de datos (en línea o portátil) e incluso el uso consciente de canales y escenarios de comunicación (aulas virtuales, canales de youtube©), en cualquier momento estamos siendo objeto y fuente de propuestas y procesos comunicativos, de enseñanza-aprendizaje; ya no solo de forma sincrónica (en el momento de la pregunta), sino trascendiendo el tiempo, tanto y más que con el libro y la imprenta, con el video y el microblog (twitter©).

La clave de esta estrategia es: como estudiantes, como padres de familia y como maestros, con nuestra actuación al comunicarnos siempre estamos respondiendo una pregunta (a algo o a alguien). No debemos olvidar que la enseñanza y el aprendizaje se encuentran dentro de procesos de comunicación.

Todas estas estrategias tienen un punto focal, un punto en común: reconocer que en la educación y como educadores tenemos por medio de la comunicación el poder de construir experiencias que se reflejan en cómo nos reconocen nuestros estudiantes. Dentro y fuera de las aulas, no debemos esperar a que se nos pregunte o que “tengamos la bata puesta” porque en nuestro comportamiento siempre hay y se esperará una respuesta.

Este texto nos invita a comunicarnos con nuestros estudiantes (a que aprendamos de ellos, a que nos propongamos seguir enseñando) en los caminos y escenarios que ellos utilizan, a que atendamos a la manera en la que nuestros estudiantes se reconocen y comunican con la tecnología sin sentirnos cohibidos por los medios o plataformas, comprendiendo que por sobre la tecnología se encuentra la socialización que como seres humanos potenciamos gracias a ella. Al hacerlo, estamos promoviendo la manera en la que nos identificamos con nosotros mismos (somos conscientes de ello) y con los demás, promoviendo la construcción de individuos que hacen parte de una sociedad que incorpora —sobre nuevos medios—los valores que nos fortalecen y nos permiten fluir para ser “el cambio que queremos ver en el mundo”. RM

Te invito a que revises de nuevo este texto y te formules estas y otras preguntas para que profundicemos en la reflexión:

  • ¿qué lugar ocupa en lo que enseñas y aprendes, lo que aprendes y enseñas?
  • ¿cómo te ven tus estudiantes, cómo te ven tus profesores? ¿qué has hecho con tu comunicación que afecta esa percepción?
  • ¿cuál sería tu documento de identificación digital? ¿qué representa de ti lo que haces o has hecho en Internet? ¿cuál sería tu huella digital?
  • ¿qué dirías en el lugar de Gandhi a aquella madre?

Referencias

1 » Obsérvese cómo “WhatsApp© and investigación” y “WhatsApp© and research” han sido términos de búsqueda que van en aumento en Perú y en Malasia respectivamente desde el año 2011. Ítems relacionados con “metodología de la investigación” y “research proposal”. Fuente: exploración en trends.google.com

2 » Algunas líneas al respecto se concentran en el concepto “Mindfulness”, o conciencia plena del instante.

3 » Al respecto sugiero profundizar en el campo del documental “Nada es privado” en el que se expone cómo una empresa (Cambridge Analytica) utiliza datos personales de millones de usuarios de Facebook para poder incidir en procesos electorales en Estados Unidos y Gran Bretaña. Netflix (2019). Nada es privado. (The Great Hack). Documental. En Línea.

4 » Otro de los textos audiovisuales que sugiero explorar en este diálogo es el que propone Guillermo Arriaga con la película “Babel”, realizada en el año 2006 por Alejandro González Iñárritu. O aún más, profundizar en el significado del “Efecto Mariposa”. En ambos textos se observa cómo en el permanente caos, todo fluye y se afecta de formas especialmente maravillosas, en muchos sentidos.

5 » Dicho de otro modo, por aparatos que nos permiten conectarnos con cualquier persona (conectividad) y a la vez orientar lo que queremos comunicar a una o a un grupo determinado (segmentación).

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Jairo Alberto Galindo

Docente investigador en didáctica, procesos de lectura, escritura y TIC. Magíster en lingüística hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo con investigaciones en el uso pedagógico de tecnología. Especialista en gestión de proyectos e-learning de la Universidad Abierta de Cataluña.

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