Edición 28Educación del ser

Educar para la profundidad y la inteligencia espiritual

Es imposible negar la importancia, las posibilidades, el potencial educativo de las nuevas tecnologías y lo impensable que resulta en el presente vivir sin ellas.

Es simplemente maravilloso. Su utilidad nos permite tener toda la información a la mano, navegar sobre los océanos inconmensurables del conocimiento, acceder a millones de documentos, conocer en tiempo real lo que se descubre, los temas sobre los que están trabajando los científicos, el estado del arte de cuanto tema se nos ocurra; nos permiten estar en red con personas con quienes podemos discutir e intercambiar ideas y experiencias; en fin, posibilidades infinitas. Ciertamente que todo esto conlleva también sus peligros. Ya conocemos también cuántos problemas ha suscitado la comunicación indiscriminada con personas que tras la anonimidad de la red acechan y corrompen, destruyen y atraen, roban y utilizan.

Si bien es cierto que las nuevas tecnologías tienen todas las potencialidades para impactar la educación y mejorar los procesos de aprendizaje, mayor información no significa más ni mejor conocimiento. Estamos frente a la urgencia inaplazable de formar para la contemplación, para la profundidad y la inteligencia espiritual: estos valores y actitudes son imprescindibles para dar el paso de los datos a la información y de la información al conocimiento, es decir, del mucho conocer a la sabiduría. En pocas palabras, formar el criterio, la capacidad de análisis, la posibilidad del pensamiento crítico, de la duda metódica, de tomarse el tiempo para ingerir información, digerirla en la contemplación y la reflexión, usarla para comprender el mundo y sus relaciones, y poder comunicarse con los otros con un pensamiento propio, reposado y argumentado.

El interés por el mundo interior es un signo de los tiempos. Hoy hay muchas iniciativas cualificadas que de una manera autónoma (independiente de instituciones, corrientes…) se adentran en los terrenos de la espiritualidad. En este mundo diverso, las tradiciones religiosas, que han sido ricas en el cuidado de la espiritualidad (entrelazándola con una ética, una estética y unas cosmovisiones), tienen el reto de decir una palabra propia. Una palabra que no es fácil, porque el contexto actual es muy distante de aquel en el cual se originaron. Velar por el mundo espiritual se irá haciendo más y más urgente, y será una demanda creciente. Ponerse en esta tarea, saberlo fundamentar, hacer que se integre como un nuevo progreso, que no acabe como una moda pasajera, es todo un reto.

En el documento Ser a l’escola. Pedagogia i interioritat, presentado en 2008 en los seminarios sobre interioridad de la Fundació Jesuïtes Educació, se hablaba de espiritualidad prestando atención a los siguientes aspectos:

  • Es una dimensión antropológica fundamental de la persona en la cual se dan las condiciones para la subjetividad, la escucha, el sentimiento, la receptividad, la conciencia.
  • Es allí donde se da el resultado del consejo de los clásicos: ¡conócete a ti mismo!
  • Es el ámbito que acoge las diferentes acciones o movimientos no tangibles: sentir, gustar, imaginar, rumiar, querer, asumir, razonar, recordar…, el ámbito del “sentir y gustar de las cosas internamente”.
  • También el del saber “sapiencial”, donde saber y (de)gustar son muy próximos (diferente del saber del estar informado), el de la ciencia.
  • El mundo espiritual es allí donde resuena lo que recibimos del mundo exterior, es donde pensamos, donde reflexionamos, donde procesamos los impactos que recibimos a lo largo del día, donde sentimos de vez en cuando la indisponibilidad radical de nosotros mismos.
  • Es un lugar para el silencio, donde uno se pone ante sí mismo sin defensas, con tanta transparencia como es capaz de tener, donde uno elabora lo que a través del pensamiento y de los sentidos nos llega.
  • Un lugar para unificarnos en un entorno que nos fragmenta.
  • También es un lugar en el que luchamos con nosotros mismos y encontramos emociones que nos duelen, vivencias que abruman, recuerdos que hieren, retos que paralizan, decisiones que exigen.

Continúa diciendo: «Es el espacio para sentir la individualidad y la libertad, siempre frágil, que nos permite la responsabilidad y el compromiso con nosotros mismos y los demás. La espiritualidad de la que hablamos no es la de un intimismo cerrado, sino la que afirma siempre un yo y un tú, un espacio en el que encuentro al otro, en el que acojo su vida y su misterio… y desde el cual salgo a su encuentro, o un espacio en el que me indigno y reacciono ante la injusticia o el abuso».

Espiritualidad es aquel espacio entre mi yo activo y mi yo profundo. A la vez nos referimos a una realidad no reducible a las emociones o a la inteligencia intrapersonal.

Es aquello que nos pasa por dentro y aquello que se nos revela desde dentro. Más que una cosa, sustantiva, es un ámbito: integra cuerpo, pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones.

Cuidar el mundo espiritual quiere decir crear condiciones para que este crezca, para que el corazón se ensanche, para que los ojos se abran, para que vivamos desde más adentro, para ir más a fondo, para gustar y saborear más la vida, para ser más persona.

Pueden ayudar determinadas prácticas fruto de la tradición y de las ciencias humanas. Hay muchos itinerarios, todos parciales, que pueden ayudar a recorrer y ensanchar el mundo espiritual. Podemos crecer en el mundo interior enseñando a gustar el silencio; haciendo buenas preguntas y yendo a fondo en el pensamiento; educando la forma en que miramos a los demás, a las cosas de cada día, al arte; educando la sensibilidad; aprendiendo a rumiar la vida o lo que leemos o escribimos, en el diálogo y la escucha o en la delicadeza de los pequeños detalles. O haciendo uso de la memoria y de la imaginación, tan propias de la pedagogía en la Escuela Católica. O en la creación artística.

También lo podemos hacer aprendiendo de las grandes tradiciones religiosas, de la ortodoxia cristiana o del Oriente, que nos han hablado más de lo que estábamos acostumbrados en Occidente del cuerpo, de la respiración, de la atención y de la concentración. O también aprendiendo aquello que la psicología moderna nos ha hecho cercano: la toma de conciencia de uno mismo, de las sensaciones, del cuerpo en movimiento expresión corporal, danza, el trabajo de las emociones y de las relaciones.

Aprendiendo del mindfulness y de lo que las neurociencias nos aportan para potenciar determinadas prácticas que favorecen la conciencia con la que vivimos. O recurriendo a la ayuda de los especialistas de la psicología y del crecimiento personal.

Para una persona que se ha adherido a una religión, una buena liturgia, la meditación silenciosa y la lectura de los textos sagrados son un ámbito natural de desarrollo de la dimensión espiritual.

Considero, sin embargo, que un camino privilegiado para ayudar a crecer la espiritual es propiciar el hecho de detenerse a contemplar los gestos de grandeza humana (de amor/generosidad, de libertad, de nobleza, de “decir verdad”, de perdón, de belleza…), o ante los dramas de dolor, de muerte y de injusticia o ante nuestra pobreza extrema que a veces la vida nos pone delante. De esta espiritualidad podrá nacer el gozo, la paz, la bondad, la compasión, el agradecimiento, la indignación y el compromiso.

En la escuela, integrar el cuidado de la dimensión espiritual, especialmente a través de la palabra (porque la escuela es obradora de la palabra), es urgente. Este cuidado se tiene que hacer, partiendo de la vivencia, dirigido a los estudiantes y a los educadores, y se debe incorporar en el proyecto educativo, en la vida de cada día (en el estilo de cómo hacemos lo que ya hacemos, en la forma de enseñar, con pequeñas prácticas de atención: silencio, psicocorporales, estéticas, etc.) y en momentos especiales que ayuden a ser más conscientes de ello. RM

“Espiritualidad es aquel espacio entre mi yo activo y mi yo profundo”.

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Óscar Pérez Sayago

Secretario General de la Confederación Interamericana de Educación Católica-CIEC

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