Edición 28Educación del ser

Inteligencia espiritual y vida en plenitud

La inteligencia espiritual es una herramienta fundamental para el estudiante Actual.

No hay cambio sin cambiarse. Y para ello necesitamos afecto, atención y silencio.

Parece innegable que cada vez se van abriendo camino entre nosotros ciertas evidencias anteriormente descuidadas. De ellas, hay dos que me gustaría subrayar de manera explícita: por una parte, no es posible conducir a otros más allá de donde uno mismo ha llegado; por otra, el crecimiento personal y la vida en plenitud requieren atender a todas las dimensiones de la persona, lo cual significa, en lo concreto, el cultivo y desarrollo de la inteligencia emocional y de la inteligencia espiritual.

En torno a estas dos claves va a girar lo que deseo compartir en estas líneas. ¿Cómo favorecer en nosotros mismos un crecimiento integral que posibilite, favorezca y dinamice el crecimiento de las personas con quienes trabajamos?

Una respuesta adecuada a las necesidades

Lo que somos clama constantemente en nuestro interior. Y lo hace en forma de necesidades y de anhelos. Escuchar esa voz constituye el paso primero e imprescindible para afrontar toda la cuestión del crecimiento personal.

Visto desde este ángulo, el ser humano aparece, desde el inicio mismo de su existencia, como pura necesidad. Aunque como se indicará más adelante, la necesidad que marca y colorea toda nuestra personalidad no es sino la otra cara –en una profunda y admirable paradoja– de la plenitud que somos en nuestra identidad. Pero vayamos por partes.

Las tradiciones sapienciales, aun insistiendo en la unidad del ser humano, han señalado en él una triple dimensión: corporal, psíquica y espiritual. Pues bien, cada una de esas dimensiones muestra sus necesidades específicas que reclaman una respuesta adecuada.

Las necesidades del cuerpo son sencillas de reconocer: alimentación, descanso, movimiento y sexuales. Cuando las atendemos ajustadamente, es fácil que experimentemos armonía.

Las necesidades psíquicas o psicoafectivas giran en torno a la que puede considerarse como la primera de ellas: necesidad de ser reconocido. El niño necesita sentirse reconocido, es decir, experimentar que es motivo de alegría para las personas afectivamente significativas para él. Cuando encuentra respuesta a esa necesidad, experimenta una sensación de seguridad afectiva y de confianza en forma de “plataforma segura”, desde la que podrá abrirse al mundo y desarrollarse de manera armoniosa. Por el contrario, cuando esta primera necesidad no halla respuesta adecuada, sino que es frustrada reiteradamente, en el niño se producirá una herida afectiva que puede designarse como de inseguridad afectiva, que se manifestará en diversos síntomas dolorosos. Junto con ella, es probable que aparezca una sensación de vacío interior –es el vacío de las presencias protectoras que necesitaba– y, junto con él, una imagen de sí mismo profundamente negativa. Tal imagen no es sino el resultado de aquel movimiento inconsciente que lleva al niño a culparse de todo aquello que le provoca sufrimiento. Por ejemplo, un niño que no se siente aceptado o amado concluirá que la causa del rechazo se halla en el hecho de que hay en él algo no correcto o no bueno. Esto explica la enorme facilidad con que, en la infancia, se pueden inocular sentimientos de indignidad y de culpabilidad que pueden colorear toda la vida posterior. Basta que un niño no se sienta tocado o visto, basta que no se le hable o no se le dedique tiempo de calidad para que no sienta reconocido y se abra a un abismo de vacío afectivo.

Junto con las corporales y la psicoafectivas, el crecimiento integral de la persona implica atender y responder a las necesidades espirituales. Cuando estas se olvidan, el ser humano queda amputado, porque se está ignorando una dimensión absolutamente fundamental. Y esta ha sido –sigue siendo– una de las carencias más notables de nuestra cultura. A mi modo de ver, tal descuido o incluso negación tiene una doble fuente: por un lado, el materialismo que ha caracterizado nuestra historia reciente; por otro, el hecho de que la religión se apropiara de la espiritualidad, con lo que se desvirtuó su sentido genuino, generando un empobrecimiento de lo que la espiritualidad encierra y, con frecuencia y a consecuencia de ello, un rechazo más o menos extendido. Al confundirse la “espiritualidad” con la “religión”, aquella quedó convertida en una creencia –o conjunto de creencias–, olvidando que, en realidad, no es algo “añadido” u “opcional”, sino que constituye una dimensión constitutiva y básica del ser humano. En pocas palabras, se confundió el “territorio” con el “mapa”. La espiritualidad es el territorio común y compartido –la dimensión de profundidad de todo lo real y, por tanto, de lo humano–; la religión es solo un mapa que quiere apuntar hacia él. Pero pueden existir otros mapas diferentes y no menos válidos, por lo que es posible hablar con razón de una “espiritualidad laica” o no religiosa o incluso de una “espiritualidad atea”.

Las necesidades espirituales no son sino expresión de nuestra identidad profunda. En ese sentido, manifiestan nuestro anhelo más profundo y ponen nombre a lo que realmente somos. Entre ellas podemos nombrar las siguientes: felicidad, confianza, sentido, silencio, paz, libertad, unidad, compasión, plenitud, verdad, bondad, belleza…

En cualquier etapa en la que nos encontremos, necesitaremos abrirnos a esa triple dimensión y salir al paso de esas necesidades. Lo cual requerirá de nosotros un trabajo a la vez psicológico y espiritual. Y solo en la medida en que avancemos en ese trabajo personal sobre nosotros mismos nos iremos capacitando para acompañar a otros –hijos, educandos…– en esa misma tarea de crecimiento integral.

Inteligencia emocional e inteligencia espiritual

La respuesta adecuada a las necesidades que encontramos en nosotros implica el desarrollo de nuestra inteligencia emocional y espiritual. Por la primera entendemos aquella capacidad que nos permite identificar, nombrar y gestionar nuestros sentimientos y emociones de manera constructiva, lo cual posibilita una relación de calidad tanto con nosotros mismos como con los demás.

Por su parte, la inteligencia espiritual puede definirse como la capacidad de reconocer, nombrar y dar respuesta a las necesidades espirituales; la capacidad de transcender la mente y el yo, de separar la consciencia de la mente, de percibir la dimensión profunda de lo Real o de percibir y vivir la Unidad (no-separación o no-dualidad) que somos.

Para comprender y responder adecuadamente a estas necesidades espirituales, me parece ineludible partir de una comprensión ajustada de lo que entendemos por “espiritualidad”, sobre todo si tenemos en cuenta que provenimos de una historia en la que con frecuencia su sentido genuino ha quedado desfigurado e incluso empobrecido al confundirse, enredarse y reducirse a las creencias.

¿Qué es la espiritualidad? Aun consciente de que las palabras se quedan irremediablemente cortas cuando tratamos de aludir a aquello que transciende la mente, podría decirse que espiritualidad es la dimensión profunda de lo real. Remite por tanto a la interioridad, como opuesto a superficialidad e incluso banalidad. En ese sentido, la espiritualidad es la fuente de lo humano, aquella dimensión o Fondo último de donde brota constantemente todo lo que percibimos. Tiene sabor de plenitud y posibilita una humanidad plena.

Con lo cual, la espiritualidad –y, por ende, la inteligencia espiritual– consiste en responder con acierto a la primera y decisiva pregunta: ¿qué soy yo? Y viene a ser equivalente a “sabiduría” o “comprensión” –en el sentido vivencial o experiencial, no solo conceptual–. Una persona espiritual es aquella que sabe qué es, conoce su verdadera identidad –que no coincide ni se reduce a la personalidad– y vive en conexión con ella. A las personas que han vivido así se las llama “sabias”. Es justamente el cuidado de la inteligencia espiritual lo que nos permite comprender de manera experiencial qué somos.

Para crecer en plenitud: vivir un triple cuidado

El crecimiento integral de la persona, que no olvida ninguna de sus dimensiones y tiene en cuenta la inteligencia emocional y la inteligencia espiritual, precisa de un triple cuidado, que puede ser expresado en tres palabras: afecto, atención y silencio. Nos detendremos brevemente en cada una de ellas.

“En cualquier etapa en la que nos encontremos, necesitaremos abrirnos a esa triple dimensión y salir al paso de esas necesidades”.

  1. El cuidado del amor incondicional (humilde) hacia sí mismo: entre el narcisismo y el autorreproche
  2. El amor hacia sí mismo constituye el cimiento de una personalidad armoniosa, hasta el punto de que, sin él, la unificación personal resulta imposible. No solo eso: el amor a uno mismo es condición para vivir el amor hacia los otros, así como el medio para no mendigar amor.

Me parece importante subrayar que lo que hoy nos duele y nos pesa no es el amor que no nos dieron –aunque ese hecho sirva para comprender nuestra historia y el modo como nos tratamos a nosotros mismos–; hablando con rigor, hoy nos duele y nos pesa el amor que no nos damos a nosotros mismos. Y de la misma manera, ese amor que no nos damos es el que sostiene la sensación de vacío afectivo que nos introduce en la ansiedad y en diferentes adicciones.

Se trata, pues, de crecer en amor hacia uno mismo. Un amor que, para evitar engaños sutiles que producirían el efecto contrario, presenta una doble característica: es humilde –incondicional– y es universal; no por una motivación voluntarista, sino por la naturaleza misma del amor que es siempre inclusivo. El cuidado de este amor constituye la piedra angular que sostiene una personalidad unificada, armoniosa, creativa, activa y solidaria. Así vivido, nos libera de dos actitudes igualmente enfermizas y devastadoras: el narcisismo infantilizante y el auto-reproche paralizador.

3. El cuidado de la atención: la puerta de la comprensión

La sabiduría o comprensión experiencial y transformadora no se sostiene en la mente –ni en el modelo mental que surge de ella y que funciona admirablemente en el mundo de los objetos–, sino en la atención y en el modelo no-dual. Todas las tradiciones sapienciales han recordado que la atención constituye el punto de partida y el sostén de la comprensión.

Basta empezar a experimentarlo para comprobar la poderosa fuerza transformadora de la atención. Gracias a ella, pasamos de ser marionetas de los movimientos mentales y emocionales a la libertad interior; de la reactividad a la ecuanimidad; de la creencia de la separación a la comprensión no-dual; de la resistencia a la aceptación; del juicio a la bendición; de la avidez a la gratitud; del estado mental al estado de presencia; de estar “perdidos” a “volver a casa”.

El modelo mental gira en torno al “pensar”; el modelo no-dual se sostiene en el “atender”. Es la atención la que nos libera de la confusión y del sufrimiento y la que abre la puerta a la comprensión de lo que somos. Nunca podremos responder adecuadamente a la primera pregunta –¿qué soy yo?– pensando, sino atendiendo.

4. El cuidado del no-pensamiento (o “conocimiento silencioso”): conocer no equivale a pensar

La atención nos introduce en la comprensión. Los místicos de Oriente y Occidente han insistido reiteradamente en la “sabiduría del no-saber”, es decir, del “no-pensar”, que viene de la mano del silencio de la mente.

Insistir en el cuidado del no-pensamiento no significa en absoluto desvalorizar la mente, que sigue siendo reconocida como una herramienta tan valiosa como insustituible, sino situarla en su lugar. No se aboga por volver a la irracionalidad, sino por abrirse a la transracionalidad.

“Como la jarra y la casa, lo que llamamos “persona” no agota lo que somos”.

Gracias a la atención, cesa la identificación con (reducción a) la mente y se sale de la hipnosis que supone creer que la realidad es tal como la mente la percibe. Al acallar la mente, se nos regala un nuevo estado de consciencia: pasamos del estado mental al estado de presencia. Se nos hace patente entonces que el “conocimiento silencioso” no aporta nuevas teorías o creencias, sino que nos sitúa en “otro lugar”: en ese Fondo lúcido donde radica nuestro sentido de ser, en la Presencia que somos.

Comprobamos así que conocer es mucho más que pensar o razonar. Y caemos en la cuenta de que el Silencio, no solo nos trae a “casa”, sino que él mismo –el Silencio consciente– es nuestra casa.

Y aquí culmina la comprensión o inteligencia espiritual: no somos el yo separado que habíamos pensado, sino la consciencia que lo sostiene. Uno es el nivel de nuestra personalidad y otro el de nuestra identidad. La sabiduría consiste en vivir la personalidad anclados en nuestra identidad.

¿Por qué educar en la interioridad y cultivar la inteligencia espiritual?

Con todo lo dicho anteriormente, la respuesta brota por sí sola: la educación en la interioridad, no solo es condición de confianza, libertad interior, ecuanimidad, compasión y plenitud, sino que es lo que nos permite acceder a la comprensión de lo que realmente somos, superando los engaños inconscientes en los que podíamos estar atrapados.

Dicho de un modo más simple: sin el cuidado de la interioridad o de la inteligencia espiritual se bloquea ineludiblemente el acceso a la plenitud, por lo que permaneceremos en la jaula estrecha de nuestra mente, presos de la confusión, el vacío y la ansiedad, en una insatisfacción irresoluble.

Tal como ha escrito el psiquiatra y estudioso del cerebro Daniel Siegel, “la gente no es consciente de las consecuencias científicamente probadas de dichas prácticas interiores [prácticas meditativas]. Ello llevaría a plantearse un enfoque totalmente nuevo en la educación”. Por su parte, Claudio Naranjo llegó a afirmar que “el mundo está en una crisis profunda porque no tenemos una educación para el desarrollo de la conciencia”.

Si la falta de respuesta a la necesidad psicológica genera un vacío afectivo, la no respuesta a la necesidad espiritual provoca un vacío existencial. Se requiere, por tanto, un trabajo psicológico que favorezca la emergencia de un “yo integrado”. Pero solo podrá evitarse la trampa de reducirnos a él, creyéndonos separados o desgajados de la vida, gracias al trabajo espiritual que nos regala la comprensión y nos permite transcender el engaño de la identificación con el yo. La sabiduría nos muestra lo que constituye uno de los postulados básicos de la psicología transpersonal: tú no eres nada que puedas observar; eres Eso que observa.

Apertura a la no-dualidad

La comprensión nos libera del engaño de la dualidad. Venimos a reconocer que diferencia no es sinónimo de separación, que la realidad manifiesta es siempre polar, pero que los dos polos se hallan secreta y profundamente abrazos en una unidad mayor; en definitiva, que no somos iguales pero somos lo mismo.

La naturaleza de la mente es separadora: porque pensar requiere delimitar y objetivar, es decir, separar. Pero la separación no se halla en la realidad, sino solo en la mente. La realidad es no-dual, es decir, sin asomo de separación. Todo es interrelación, donde nada se halla separado de nada. Por lo que nuestro fondo o identidad última es el fondo de todo lo que es: Consciencia, Presencia, Silencio, Vacío, Plenitud…

Como se lee en el Yoga Vasishtha, “tú no naciste cuando nació tu cuerpo, ni vas a morir cuando él muera. Pensar que el espacio que hay dentro de una jarra nace cuando la jarra es fabricada y perece con ella, es una enorme insensatez”.

Como la jarra y la casa, lo que llamamos “persona” no agota lo que somos:

esta puede disolverse, pero la consciencia –la Vida– sigue inalterada. Por lo que, como afirma Jeanne de Salzmann: “conocerse no quiere decir mirar desde fuera, sino sorprenderse en un momento de contacto, de plenitud. Entonces ya no hay más «yo» y «mí», no hay más «yo» y «una Presencia en mí». No hay ninguna separación; ya no hay dualidad. Conocerse quiere decir Ser. No hay lugar para otra cosa”.

No somos nada que podamos observar… Somos “Eso” que observa, lo que no puede ser pensado ni observado, lo único que permanece cuando todo cambia, lo que se halla siempre a salvo. RM

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Enrique Martínez Lozano

Psicoterapeuta, sociólogo y teólogo. Es autor de varios libros y se halla comprometido en la tarea de articular psicología y espiritualidad, abriendo nuevas perspectivas que favorezcan el crecimiento integral de la persona. Su trabajo asume y desarrolla la teoría transpersonal y el modelo no-dual de cognición.

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