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La humanización de los algoritmos

Mis primeros recuerdos de la escuela tienen que ver con aquellos cuadernos limpios y muy organizados en los que la zona central, reservada para los ejercicios de caligrafía o álgebra, se rodeaban de una periferia de dibujos de colores y formas con las que, a modo de primitivas insignias, las profesoras premiaban mi buen hacer. Ya en ese primer contacto con el aprendizaje el currículo oculto me señalaba la diferencia entre lo importante y lo superfluo; entre la seriedad del aprendizaje de las sumas, las restas y la lectoescritura y la superficialidad de la práctica manual y artística; entre el esfuerzo mental necesario para aprender y el mero placer del ejercicio manual decorativo. En suma: la jerarquía entre el necesario contenido y lo accesorio de la forma. ¿Te suena?

Recuerdo que unos años más tarde, no sé si por influjo de aquellos primeros trofeos infantiles, mis cuadernos de EGB y BUP se convirtieron en mapas de letras y colores en los que buceaba para encontrar la información que tenía que plasmar en el examen de turno. No tengo muy claro cómo se produjo esta transformación, pero intuitivamente descubrí que, a medida que vinculaba una forma con un contenido y organizaba el conjunto de informaciones en el papel, mi memoria reaccionaba de manera diferente y era capaz de entender y retener aquello que dibujaba. Quizás fue el recuerdo de aquellos premios visuales recibidos en la infancia lo que, de forma inconsciente, me hizo descubrir que un tamaño de letra, un cambio de tipografía, un color diferente, un pequeño dibujo o un código formal podía servir de ancla para mi memoria permitiéndome recuperar con mayor facilidad aquel contenido. De esta manera se produjo el primer ajuste de cuentas entre contenido y forma, y mis cuadernos se llenaron de notas visuales, aunque, por aquella época, era necesario mantenerlas ocultas ante los maestros, no fueran a pensar que lo superfluo pasaba por encima del contenido.

Cuando me tocó decidir hacia dónde encaminaba mi futuro profesional, el interés por el mundo de colores y formas que había ido desarrollando desde niña me hizo optar por la carrera de Bellas Artes. A partir de ese momento, llegó el equilibrio porque la reflexión pudo adquirir forma y la forma comenzó a llenarse de contenido. Había, por fin, descubierto que podía aprehender el mundo por medio de la imagen y que la jerarquía entre texto e imagen era solamente una ficción. Supe que la realidad podía ser entendida y ordenada por medio de números y formas, colores y letras, y que con todas estas herramientas podía construir conocimiento. De forma intuitiva, aprendí que lo visual no era algo que únicamente se relacionaba con lo artístico, sino que se trataba de un proceso de carácter cognitivo.

Hace cinco años presencié cómo una persona realizaba en directo la síntesis visual de una conferencia, traduciendo la información que el ponente iba desarrollando a dibujos y textos cortos que iba organizando en un papel poco más grande que una cartulina. Aquella imagen fue el detonante de un viaje al pasado que me hizo recordar el enorme potencial del lenguaje visual como herramienta de aprendizaje. De aquel contacto casual (y casualmente la ponencia que vi dibujar trataba sobre la serendipia) nació el proyecto “No me cuentes historias… ¡dibújamelas!”, una experiencia colaborativa en torno a un blog en el que cientos de profesores fuimos aprendiendo a golpe de experiencia lo que el uso del dibujo podía aportarnos en el aula.Desde aquel reencuentro con una forma de aprender que permanecía dormida en mi memoria, he descubierto que a eso de dibujar la información se le denomina Visual Thinking y que en las empresas se utiliza la representación gráfica de ideas como herramienta para el acuerdo y el consenso en reuniones de equipo. Desde entonces no solo he leído todo lo que he encontrado, sino que también he escrito algunos artículos sobre el tema, pero lo más importante es que he dibujado una enorme cantidad de mapas visuales con el objetivo de experimentar de forma consciente lo que se puede hacer con el dibujo utilizado como herramienta de aprendizaje. En todo este recorrido también he propuesto el uso del Visual Thinking en el aula y he tenido la enorme suerte de dinamizar un gran número de talleres y cursos para docentes, con quienes, a falta aún de estudios científicos que certifiquen los beneficios que tiene el uso del dibujo como herramienta para aprender, hemos podido compartir los aspectos tanto positivos como negativos de nuestras experiencias de aula.

La primera persona que analiza el pensamiento visual es Rudolf Arnheim, quien en 1969 escribe un libro en el que defiende que la percepción visual es un proceso cognitivo. En esta misma línea de investigación, algunos estudios posteriores proponen la existencia de la ley de la constancia perceptual para explicar que, a pesar de que la forma, tamaño, grosor y color de los objetos varían con la distancia y la iluminación, la percepción se realiza de forma global, y la realidad que nos rodea es aprehendida por medio de la visión como un todo que no se reduce a la suma de sus partes. La teoría de la Gestalt defiende la integración de percepción y razón en la creación de estructuras o patrones jerárquicos que se almacenan en la memoria y reducen la complejidad del entorno.

Aceptar que existe una forma de entender y aprehender el mundo que pasa por la percepción visual nos permite defender la necesidad de proponer al alumnado un acercamiento al lenguaje matemático utilizando el dibujo como herramienta para la representación y visualización de los problemas. Desde la prehistoria el ser humano ha utilizado la imagen para pensar y analizar los datos que recibe del entorno. Desde los primeros registros comerciales materializados por los incas en los quipus, hasta llegar a las increíbles visualizaciones de datos realizadas por David McCandless, la imagen ha sido utilizada de múltiples formas para materializar el conocimiento matemático. También en educación las editoriales son conscientes de que, para un alumnado inmerso un entorno hipervisual y acostumbrado a vivir entre imágenes, la conexión entre lo visual y lo racional es imprescindible, y de ahí que no haya libro de matemáticas sin ilustrar. Pero, al igual que en el aprendizaje de la lengua, la mecánica de la lectura es necesaria pero no suficiente para la creación de textos, la visualización de tablas y gráficos, por sí sola, no permite el acceso al conocimiento matemático. Si para aprender una lengua es necesario atender todas las dimensiones que conforman la misma (comprensión y expresión tanto oral como escrita), para aprender matemáticas será necesario dedicar tiempo al aprendizaje de la expresión gráfica que, por medio del dibujo, nos ayuda a entender, clasificar, relacionar y organizar de forma simple los datos que son necesarios para la resolución de cualquier problema.

En el sistema educativo, la relegación del aprendizaje del lenguaje visual a la periferia del currículo provoca que, una vez superada la etapa infantil y cubiertas las necesidades básicas de la lectoescritura, todas aquellas habilidades y capacidades relacionadas con el desarrollo del dibujo, tanto a nivel interpretativo como a nivel expresivo, sean desatendidas. Esta es la razón por la que la mayor parte de los docentes que asisten a los talleres de Visual Thinking confiesan un déficit en el conocimiento de la representación gráfica, algo que, evidentemente trasladan a su alumnado.

Superar este modelo jerárquico e integrar en actividades complejas los diferentes lenguajes es un reto que han entendido algunos docentes de matemáticas que desde hace algún tiempo han apostado por el uso del Visual Thinking en sus clases. Así, los mapas visuales que crea el alumnado de Angustias Ortega son un ejemplo de actividades de visualización matemática que exigen dos niveles de trabajo: el primero para entender y representar los datos a los que se hace referencia (no se puede dibujar aquello que no se entiende), y el segundo para comprender y visibilizar las relaciones u operaciones que se dan entre los datos representados. Para conjugar ambos niveles el alumnado de Angustias inventa en sus mapas visuales narrativas con las que acercarse a los problemas matemáticos de una manera más humana y significativa.

 

 

 

En estas historias, el aprendizaje se produce en el punto de intersección de varios lenguajes (el visual, el escrito y el matemático) y una propuesta de utilización de la narrativa gráfica como eje y motor de un proceso cognitivo activo cuyo objetivo es la apropiación de la realidad y la comprensión del sustrato matemático que existe en las actividades humanas. Las posibilidades de enriquecimiento de este tipo de actividades de aprendizaje son muchas, pudiendo plantearse una prolongación de estas por medio de la recreación oral o incluso musical de la narrativa, hasta llegar a propuestas complejas de recreación audiovisual en las que los datos matemáticos se hagan visibles. Este podría así convertirse en uno de los primeros contactos que el alumnado tenga con una de las grandes áreas de desarrollo tecnológico que hoy en día tiene mayor proyección: la visualización del Big Data para agregar significado y hacer que los números y los algoritmos sean más humanos. RM

BIBLIOGRAFÍA

Arnheim, R. (1986) El pensamiento visual. Barcelona,: Paidós Estética.

Urchegui Bocos, Pedro (2018) Pensamiento visual y educación. Valladolid,: Universidad de Valladolid.

WEBGRAFÍA

Lupi, G. (marzo 2017) Cómo encontrarnos en los datos. Obtenido de https://www.ted.com/talks/giorgia_lupi_how_we_can_find_ourselves_in_data/transcript?source=googleplus&language=es

McCandless, D. (julio 2010) La belleza de la visualización de datos. Obtenido de https://www.ted.com/talks/david_mccandless_the_beauty_of_data_visualization?language=es

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Garbiñe Larralde

Licenciada en Bellas Artes. Actualmente trabaja como profesora de bachillerato y coordinadora TIC en el Colegio Jesús María de Bilbao. Es formadora de docentes y está centrada en la investigación y experimentación del uso del Visual Thinking en confluencia con las metodologías activas y el desarrollo de la competencia digital. Participa en diversas comunidades de aprendizaje como EduCaféBilbao, Aulablog y Espiral. Es también coocreadora y coordinadora del proyecto colaborativo "No me cuentes historias...¡Dubújamelas!"

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